LA PULSIÓN EN PSICOANÁLISIS Y LA PULSIÓN RESPIRATORIA.

  • ene 2020

“La expresión, hablada o no hablada, es tan íntima del pulso del ser del hombre, es un contexto tan vital de la existencia humana normal, como es el aliento. Ningún hombre puede reproducir perfectamente el aliento de otro hombre o sustituirlo. Tal vez por eso pneuma y logoz, “el aliento que inspira, que nos insufla vida” y “la palabra” están tan estrechamente ligados en las especulaciones teológicas y metafísicas sobre la esencia de la persona humana.”[1]

           

Ningún caso justifica por sí mismo la existencia de un concepto nuevo, ninguno se resuelve mediante el uso exclusivo del mismo; pero quizá lo más particular de muchos casos nunca pueda ser esclarecido si se pretende circunscribir las modalidades y tipos de pulsiones y objetos a los de la serie: oral, anal, escópico e invocante. Si bien esta serie no debe estar abierta, sí, creo, debe ser ampliada para incluir la pulsión respiratoria.

Introducción

Al menos en dos oportunidades Jacques Lacan sostiene que existe cierto desinterés por el estudio de la erogeneidad respiratoria, la que, consecuentemente, es muy poco conocida. En una lo afirma respecto a la importancia dada a lo respiratorio por el sujeto humano hablante (cabe aclarar, aunque él no lo haga, que se refiere al sujeto de la cultura europea occidental), en comparación, por ejemplo, con los excrementos.[2] En otra indica que la erogeneidad asociada a la respiración está mal estudiada, en este caso, por los especialistas.[3]

Intentaré hacer progresar la comprensión de la erogeneidad respiratoria en torno a la pregunta por si ella puede adquirir el estatuto de lo que en psicoanálisis lacaniano se entiende por pulsión; en este caso, una pulsión pnuemática o, como prefiero expresarlo por el momento, una pulsión respiratoria.

En variadas ocasiones, un número importante de psicoanalistas propuso aumentar la lista de las pulsiones reconocidas en psicoanálisis. Ello favorecido por el hecho de que no existe un conjunto (tanto en lo que hace a número, como a tipo) de pulsiones aceptado por la totalidad de los autores, ni siquiera por la mayoría, ni aún en el seno de cada obra personal. Entonces, se pueden plantear las siguientes preguntas: ¿cuántas pulsiones hay?, ¿cuáles son las verdaderas pulsiones?

¿Son las pulsiones de dos tipos? Tal el caso de las pulsiones de vida y de muerte. Sigmund Freud propone, a lo largo de su extensa obra, una dualidad fundamental de las pulsiones. Pero el número de dos se aplica según él a grupos, tipos o variedades de pulsiones. De tal forma que los conjuntos pulsionales incluyen variadas pulsiones, como, por ejemplo, las pulsiones de autoconservación, de apoderamiento, de comunicar, de investigar, de saber, de poder, sociales, etc. Complica el panorama de sus concepciones, la postulación de las organizaciones orales, anales y genitales de la libido, que lleva a muchos autores a considerar a tales organizaciones como pulsiones; oral, anal y genital respectivamente.

¿Son las pulsiones en número de cuatro? Lacan sostiene que su número es limitado (igual que para el objeto) y que él es cuatro (un número de gran importancia en relación a la estructura tal como él la postula). Así serían exclusivamente reconocidas como tales la pulsión oral, la anal, la escópica y la invocante; aunque él mismo sostuvo en varios textos otros tipos de pulsiones, como, por ejemplo, la pulsión sado-masoquista. A su vez, considerando a las pulsiones en número de cuatro, ellas se ordenan en dos pares (las primeras asociadas íntimamente a la demanda y las segundas al deseo), que no se adecuan a la oposición fundamental entre las de vida y las de muerte propuesta por Freud.

¿Opera en general, para Lacan, la oposición freudiana de pulsiones de vida y de muerte? ¿Es para él la pulsión de muerte una pulsión, o más bien se trata de la compulsión a la repetición derivada de la propiedad del orden significante? ¿O es otra la forma de articular la pulsión en general con la muerte? Respecto de las pulsiones de vida y en especial del Eros unificante, su rechazo es indiscutible, por más esfuerzo que pongan muchos autores lacanianos en borrar las diferencias entre Freud y Lacan; más aún, para Lacan la pulsión de vida es lo que se encuentra fundamentalmente perdido para el sujeto humano hablante.

Otros autores han propuesto la existencia de las más variadas pulsiones. Por ejemplo, Gerard Haddad propone la pulsión de caminar; Pierre Legendre la pulsión de asesinar, etc. No me parecen propuestas serias. No por el hecho de que ni Freud ni Lacan, ni ningún otro gran maestro las haya propuesto, sino porque no se hace, al proponerlas, una utilización seria y rigurosa de la noción de pulsión, ni se debate qué propiedades o condiciones debe poseer algo para ser concebido como pulsional. Para colmo, tales supuestas pulsiones carecen de las principales propiedades de lo que se denomina pulsión y los autores hacen caso omiso de ello.

Para evitar caer en las mismas maniobras que critico, en la propuesta de la existencia de una pulsión respiratoria realizaré un recorrido, que aunque parcial, intente contextuar teórica y clínicamente la hipótesis.

En el caso que los argumentos no resulten convincentes[4] como para sostener la existencia de una pulsión respiratoria, al menos intentaré favorecer el estudio y la discusión en torno de la importantísima y muy desatendida cuestión de la respiración en el mundo humano.

Para tal fin, propongo avanzar siguiendo el siguiente recorrido:

  1. Replanteo de la pregunta ¿qué se designa mediante el concepto de pulsión en psicoanálisis? Haciendo pie en las enseñanzas de Lacan, especialmente utilizando los desarrollos de: a) Subversión del sujeto…, b) Posición del inconsciente, Del trieb de Freud y del deseo del psicoanalista, el Seminario 11 sobre los cuatro conceptos fundamentales del psicoanálisis y c) el Seminario 16 “De otro al Otro[5]; estableceré importantes distingos con lo sostenido por S. Freud y grandes diferencias con lo que suele entenderse en general por pulsión en la comunidad psicoanalítica (con menos diferencias entre escuelas de lo que se supone) y sobre aquello en que se sostiene la opinión más difundida en la sociedad occidental en general.
  2. Estudio de lo elaborado por S. Freud en torno a la respiración y cuestiones afines.
  3. Análisis de la relación entre la angustia y la respiración.
  4. Estudio de los motivos posibles del olvido y del desinterés del lego y del especialista por la erogeneidad respiratoria.
  5. Planteo del núcleo del argumento: la postulación de la pulsión respiratoria.
  6. Articulación de: la fórmula de la pulsión (S◊D), el Otro (A) en la pulsión respiratoria, la atmósfera, el objeto a y la realidad.
  7. Puesta a prueba de los argumentos en la clínica psicoanalítica.

¿Qué es una pulsión para el psicoanálisis?

Para tratar de ser lo más claro posible, comenzaré a responder esta pregunta mediante una serie de frases que indican qué no es una pulsión y posteriormente plantearé lo que sí entiendo por ella, siguiendo en esto a Lacan, no por lacaniano sino porque es el autor que posee la concepción más específicamente psicoanalítica de ella (sin hacer uso del recurso de lo natural, lo biológico o las necesidades). Tal concepción es, además, la más pertinente en la clínica psicoanalítica de las neurosis que yo mismo practico.

No considero la pulsión como la exigencia de trabajo que proviene del cuerpo al aparato psíquico. Sí, mediante la pulsión se logra una forma de entender cómo se articulan la subjetividad y el cuerpo real. No niego la exigencia de trabajo que el cuerpo plantea, pero no es respecto de ello sobre lo que considero que el psicoanálisis tiene algo que aportar mediante la noción de pulsión.

La pulsión no es orgánica, ni natural. Menos que menos implica la búsqueda del retorno a lo inanimado. Nada de la índole de lo biológico está en el origen ni en las características de la pulsión. Nada pulsional existe, consecuentemente, en ningún animal, en ellos, en todo caso, se trata de instinto y/o de la misteriosa fuerza de la vida. No es que la sustancia viva no busque seguir viviendo o que su horizonte, para los seres sexuados, no sea la muerte; sino que trato de circunscribir lo pulsional a lo exclusivamente humano del ser humano a la luz del inconsciente y que, en este caso, requiere de la experiencia analítica para manifestarse como tal.

Las pulsiones no son un dato originario, primigenio, arcaico o primordial. Hacen a lo subjetivo más allá de toda consideración de un tiempo original o primordial de la especie. Mediante la noción de pulsión y quizá más aún con la idea de una pulsión respiratoria se puede dar cuenta de las condiciones de inicio de cada vida humana, lo que la antecede y sus consecuencias. Todo ello en el contexto necesario de la sociedad humana, constituida por sujetos humanos hablantes y sus discursos sostenidos en cadenas significantes.

No son las pulsiones lo que explica y justifica la clínica de las impulsiones, es justamente todo lo contrario. La clínica de las impulsiones se caracteriza porque allí no operan las pulsiones. Las pulsiones no son la forma de entender y concebir la existencia de una fuerza irrefrenable que “proviene del cuerpo”. Tampoco las perversiones implican las pulsiones a flor de piel o la falla en la represión de las pulsiones.

La libido no es un fluido, ni una energía en general (tal como se la entiende comúnmente en física), o una energía sexual. La noción de pulsión, más bien, sirve para dar cuenta del hecho sorprendente al ojo desprevenido, de las animaciones y mortificaciones provenientes de las relaciones del sujeto al Otro y la libido, en este contexto, puede entenderse de otra forma dentro del marco de la sexualidad humana, tal como más adelante desarrollaré.

Finalmente, para concluir esta serie de negaciones, cabe afirmar, lo que podría funcionar como hilo conductor de todas las anteriores: la pulsión no es el nombre que en psicoanálisis se le da a lo misterioso. Se suele encontrar a los autores echar mano del concepto de pulsión cuando la clínica se complica, cuando el caso no progresa, cuando los síntomas son sorprendentes, desmesurados o, solamente, no muy comunes, como en el caso de “las neurosis tóxicas y traumáticas”.[6] Especialmente rechazo el uso de pulsión para dar cuenta de los casos que no progresan o de reacción terapéutica negativa.

Propongo designar a todos los desarrollos que hacen de la pulsión una noción derivada de la biología, o del cuerpo real, que explica lo desmesurado, como una maniobra psicologizante. Plantearé, justamente, todo lo contrario: la noción de pulsión es específica al psicoanálisis y a la práctica psicoanalítica en la medida en que ella designa la posición que supone en el origen de todo lo pulsional al sujeto del inconsciente.

En su actitud de apertura inusitada, S. Freud descubrió algo absolutamente nuevo y operó sobre eso desde una perspectiva inédita. En la crítica que propongo en relación a la pulsión (el concepto más fundamental pero el más oscuro del psicoanálisis), no rechazo ni su hallazgo, ni, menos aún, su posición ética frente a ello. Retomo la dirección de su búsqueda tal como la encuentro en mi lectura de Jacques Lacan, en especial cuando: a) evita derivar lo pulsional de un efecto de una energía o tendencia biológica que emana del cuerpo, b) la postula como el efecto sobre lo humano causado por el orden significante y la demanda, y c) que determinan coordenadas estructuradas de la relación de la así creada subjetividad, con el Otro, A. Se trata del inconsciente y su relación con el cuerpo real, la sexualidad y el problema de la satisfacción.

Para comenzar a establecer aquello que sí entiendo por pulsión, siguiendo como ya dije las enseñanzas de Lacan, propongo como dato inicial recordar que la noción de pulsión propuesta por S. Freud responde a lo más específico de los problemas hallados en la práctica clínica psicoanalítica de las neurosis de transferencia, especialmente, en relación a los obstáculos en la dirección de la cura y el fin del análisis. Luego, la pérdida del sistema de diferencias y especificidades causada por el sentido común y la ideología imperante sobre lo humano, hizo que se utilice a la pulsión para dar cuenta de lo que, justamente, no es esa clínica psicoanalítica.

¿Qué sí es pulsión? O, mejor planteado: ¿a qué conviene designar mediante el término pulsión, para conservarlo por fuera de la maniobra psicologizante? Elegí la siguiente modalidad de plantearlo: tomaré los tres segmentos seleccionados de la enseñanza de Lacan, que se encuentran entre los lugares más específicos e importantes para poder establecer su concepción de la pulsión, uno a uno, e iré estableciendo las propiedades y características fundamentales por él establecidas conjuntamente con el análisis de sus definiciones. Aunque he seleccionado las citas que estimo de máxima importancia, obviamente no cubren la totalidad de lo sostenido por Lacan sobre la pulsión, ni siquiera voy a poder recoger todo lo que él enseña en esos textos; pero no existe otra forma de proceder. Consideraciones y rectificaciones importantes realizadas por Lacan sobre, por ejemplo, la energía y otros temas quedarán necesariamente por fuera de mi exposición en relación a su teoría sobre la pulsión.

La noción de pulsión que sostengo, ya lo afirmé, es la que leo en las enseñanzas de J. Lacan. Para dar una versión precisa y sucinta voy a limitarme a utilizar los textos arriba indicados, tal selección de textos está justificada por las siguientes razones:

  1. a) Comienza por Subversión del sujeto… debido a que: 1) es allí donde aparece la indicación referida a la falta de investigación de la erogeneidad respiratoria, causa de este texto; 2) es en Subversión donde Lacan presenta formalmente a la pulsión como (S◊D) y como tal toma un lugar en el grafo del deseo. Esta localización es la primera realización por parte de un psicoanalista de la modalidad de presentar y concebir a las nociones del psicoanálisis sólo en función de la articulación entre ellas, lo que implica un intento de erradicar toda sustancialización de las mismas; 3) ya a la altura de este escrito, Lacan rompió con los tiempos del Edipo, lo que significa: dejar caer la función de la maduración en la perspectiva evolutiva; operar plenamente con la metáfora paterna y el objeto a, dejando atrás los argumentos de los Seminarios 4, 5 y 6 (¡tan dispares en lo sostenido por Lacan en relación a Freud en los escritos de los mismos años!); esto le permite una teoría novedosa sobre la pulsión, que si bien prosigue el hilo planteado por Freud, se distingue de lo que él sostuvo en forma precisa.
  2. b) Exploro, a continuación, en detalle los argumentos sobre la pulsión presentes en Posición de inconsciente, Del Trieb de Freud y del Deseo del Psicoanalista y del Seminario 11. Este conjunto de textos de la misma época, es fundamental y el más importante para el establecimiento de la concepción lacaniana de la pulsión. Ello es así, debido a que: 1) a esta altura de los acontecimientos, Lacan, no sólo se ha desprendido totalmente de la teoría del padre sostenida por Freud, sino que también ha cortado con la I.P.A. a consecuencia de su “excomunión”, lo que le permite una disposición de la palabra o un cambio de estrategia enunciativa, que se manifiesta en la exposición de una concepción distinta a la de Freud explícitamente presentada; tal como en el caso de “El inconsciente freudiano y el nuestro”; 2) en este período se produce, a mi entender, un punto de arribo en las elaboraciones de Lacan sobre la pulsión, que permite afirmar la existencia de una teoría acabada sobre la misma (lo que no impide que él prosiga su trabajo ni que nosotros continuemos la investigación, sino que Lacan ya logró dar dos vueltas completas en torno a lo que quería decir al respecto).
  3. c) Concluyo con el Seminario 16, debido a que allí Lacan retoma y articula casi todos los argumentos por él elaborados mediante la noción de pulsión, articulándolos de una forma que vale la pena aprovechar como cierre provisional del recorrido. A partir de esta época la concepción de la pulsión se mantiene, en términos generales, estable.

Para la presentación de mi lectura de estos textos no procederé a la cita, sino que comentaré, analizaré y, en muchos casos, recurriré a la paráfrasis.

a) Comienzo, entonces, a elaborar, siguiendo a Lacan, la noción de pulsión, a partir de Subversión del sujeto…, escrito del cual destaco las siguientes consideraciones:

  • La pulsión debe distinguirse del instinto en la medida en que la primera se caracteriza por ser un saber que no comporta el menor conocimiento, mientras que el instinto es todo lo contrario: un conocimiento imposibilitado de convertirse en saber.

Si la pulsión es un saber, aún antes de encarar el problema del estatuto de ese saber, desde ya, se trata de la articulación de significantes, ya que en eso consiste un saber para Lacan. Y como significantes articulados no pueden dejar de ser considerados con relación a la demanda.

Esta definición de pulsión como una demanda se especifica, además, como imposibilitada de transformarse en conocimiento; así la noción de pulsión queda totalmente desprendida del imaginario de la especie, y hasta (lo que aclararé más adelante), de lo imaginario de cada sujeto. Así se distingue de toda función vinculada al funcionamiento del cuerpo como capturado por la propia imagen, y en el ámbito sexual, entonces, tampoco por la imagen del objeto partenaire sexual. En el origen opera una cadena significante, no reclamos o necesidades del cuerpo como cuerpo animal.

A esta altura de Subversión Lacan propone para hacer más contundentes estos argumentos la metáfora del esclavo mensajero que porta, sin saberlo, escrito en su cuero cabelludo un mensaje que lo condena a muerte; mensaje que le convendría interpretar, para así no confundir con destino lo que allí se dice sin saber que lo dice, un dicho que ni siquiera sabe que es un mensaje, pero que lo lleva pegado en la medida de estar escrito en su propio cuerpo. A tal mensaje Lacan lo equipara a un “codicilo” (codicille en francés); tal término es muy elocuente de lo que se trata: su significado proviene de “código” y designa una tablilla que sirve para modificar un testamento. Así el término y el ejemplo remiten a la muerte real y a la muerte en su valor simbólico. Cabe recordar que Lacan articula de una forma notablemente novedosa en psicoanálisis a la pulsión con cierta función o característica del Otro, A, que viene a reemplazar en sus concepciones a la noción de código en la teoría de la comunicación y que va a proporcionar una de sus principales concepciones de la pulsión.

  • Definición de pulsión. A partir de la pregunta por el estatuto subjetivo de la cadena significante en el inconsciente, es decir, planteada la pregunta (necesariamente en análisis) por lo que sostiene, soporta, lleva (supporter en francés) al sujeto en el inconsciente; que no puede ser él mismo en tanto que habla, ya que allí no sabe que habla, ni lo que dice, ni siquiera que allí se dice; en análisis la respuesta la provee el concepto de pulsión. La pulsión es allí donde se designa, en este caso donde se localiza al sujeto del inconsciente a través de una ubicación “orgánica”, oral, anal, etc.; aunque con una condición esencial: esa localización orgánica para ser habitada por el sujeto del inconsciente, debe “estar tanto más lejos del hablar cuanto más habla”. O sea, que si bien el sujeto no sabe que eso-ello habla, lo hace y en una relación inversamente proporcional con lo que el sujeto de la experiencia sabe. En este sentido la pulsión es lo más oscuro para el propio sujeto, que no debe confundirse con operar con oscurantismo en la teoría psicoanalítica.
  • Articulación de la pulsión con la función del Otro. Lacan es el primero en articular a la pulsión con la función del Otro, A. Primera consecuencia: se trata entonces de significantes, ya que el A es definido y articulado en Subversión… como “tesoro del significante”. Un tesoro es: un lugar (por ejemplo, el tesoro de un banco), que contiene un gran valor, pero que ese valor no puede ser total (piénsese en cualquier objeto de valor, por ejemplo, el oro, si se pudiese concentrar todo el oro del mundo en un único lugar, el oro así acumulado perdería todo valor de intercambio). Por otra parte, un significante es un elemento imposible de pertenecer a un código, ya que en cuanto tal no significa nada. Así el valor queda concebido como no total y dependiente de la articulación al lugar de los significantes. El A es, entonces el tesoro del significante, pero así es definido su lugar en el piso inferior del grafo. En el piso superior y del mismo lado, el tesoro del significante se escribe (SD). Lacan distingue las dos modalidades del tesoro del significante, indicando que la del piso inferior es sincrónica (el A posee una estructura sincrónica, no evoluciona, está todo él junto desde el principio, lo que es difícil de concebir pero que es un axioma fundamental de la teoría de Lacan), mientras que en el piso superior, en el lugar donde se localiza la pulsión, es diacrónica. Si se trata del sujeto del inconsciente en el inconsciente, el sujeto está desvanecido y la demanda también, por lo tanto, resta la gramática: el sujeto, el objeto y el verbo (la acción) en la diacronía de la cadena significante.
  • La localización corporal indicada no es la que habitualmente se postula como una exigencia de trabajo que proviene de lo corporal biológico, una energía cinética proveniente de la sustancia viva. En realidad Lacan invierte los términos al proponer que la pulsión habita una función orgánica. Esta última, como tal, es un real del cuerpo biológico y la pulsión (la localización en el inconsciente del sujeto inconsciente) se aloja, ¿o habría que decir invade?, en alguna función de aquél; pero se distingue netamente, dado que lo que caracteriza a la pulsión, a diferencia de la función orgánica, es el artificio gramatical. Así los ciclos biológicos, por ejemplo, del hambre o de la sed, deben ser reemplazados plenamente por algo absolutamente artificial: las reversiones gramaticales (chupar, chuparse, ser chupado; mirar, mirarse, ser mirado; etc.).

Además, la pulsión aísla del metabolismo de la función una zona parcial que como tal no puede ya responder a ninguna necesidad y, por otra parte, se introduce un corte no natural en el cuerpo: es la delimitación de la zona erógena que aprovecha y transforma un agujero real ofertado por el cuerpo biológico.[7] Todos los bordes anatómicos pueden cumplir la función de sede de la pulsión. Es al confeccionar su lista que Lacan propone estudiar la erogeneidad respiratoria, debido a que es un hecho la existencia de los agujeros de la nariz, la boca y la garganta.

  • El corte. El aislamiento introducido por la pulsión, que más adelante articularé a la condición del sujeto del inconsciente, implica el funcionamiento de un corte. El corte opera tanto en el aislamiento de una zona corporal, que circunscribiendo como línea cerrada de Jordan, un agujero lo convierte en zona erógena, como a nivel del objeto. El objeto de la pulsión se caracteriza por ser producto también del corte: pezón, escíbalo, etc., se caracterizan por la cisura.
  • El objeto. Respecto del objeto, en Subversión… Lacan enseña además, que el mismo carece de imagen especular. O sea, ambas propiedades del objeto se articulan a la topología; tanto el corte recién descripto como la no especularidad son propiedades topológicas. La especularidad se refiere a todos aquellos objetos que colocados frente a un espejo producen una imagen que puede ser el producto de una transformación topológica (esto es: bicontinua y biunívoca) de ellos. La banda de Moebius, por ejemplo, es no especularizable, ya que una banda con torsión izquierda produce frente al espejo una con torsión derecha, la que no es posible de producir mediante una transformación topológica de la anterior. El objeto de la pulsión se caracteriza por no ser especularizable, esto es, no puede ser en sí ningún objeto natural. Entonces, todo objeto tridimensional que pueda ser utilizado para producir cualquier efecto en un agujero corporal no es, específicamente hablando, un objeto pulsional. Por otra parte, el no poseer imagen especular asocia al objeto con el sujeto del inconsciente, para el cual el objeto pulsional funciona como una estopa muy peculiar. Por otra parte, se entiende así la trascendencia en el mundo humano de la imagen especular: da vestimenta a aquello que es no especularizable. ¿Qué sucede, con relación a la especularidad, con el pezón o el escíbalo? Faltan aún los argumentos para establecerlo, es necesario el recorrido en torno a los argumentos del Seminario 11.
  • Las dos dimensiones del corte caracterizan a la pulsión como necesariamente parcial. Parcial respecto de la función orgánica: no satisface, por ejemplo, al hambre; parcial respecto del conjunto de órganos asociados para satisfacer una necesidad: el aparato digestivo será sustituido por la zona erógena que sólo será un corte establecido en torno a un agujero, no más que ello y, finalmente, el objeto también inscribe en sí esta función de ser una parte, como el pezón del pecho. El imaginario de la castración se sostiene en la medida en que ciertos órganos favorecen la imagen de su sección y, consecuentemente, su condición de seccionables.

b) Paso ahora al análisis del segundo conjunto de textos, que considero el fundamental. Tales textos, como ya anticipé, no serán citados y, aclaro, los elaboraré en su conjunto; esto es, no distinguiré cuando se trata del Seminario 11, de Posición del inconsciente o de Del Trieb de Freud… El análisis será parcial, me limitaré a las consideraciones más importantes y a todo lo que luego permita la discusión en torno a la propuesta pulsión respiratoria.

Dividiré el análisis y comentario en dos apartados (lo que no fue necesario respecto de Subversión…): el primero consiste en todas las críticas explícitas que Lacan se ve llevado a hacer respecto de la concepción de la pulsión: en esta sección sostiene que lo que, según él, no es la pulsión; en el segundo se trata de todas las propiedades establecidas por Lacan como propias de la pulsión; aquí se verá cómo, retomando el filo más subversivo de las propuestas de Freud, Lacan las elabora desde su base conceptual (orden del significante, objeto a, el Otro (A)) y les da una racionalidad absolutamente novedosa y sumamente clínica, que en muchos aspectos se distingue de las formulaciones freudianas.

Localizándose por fuera de la iglesia que es la I.P.A. como organización, de donde se lo expulsa, Lacan explicita lo que rechaza como concepción de lo pulsional: la pulsión no es orgánica, ni natural y no responde en absoluto a la necesidad (ningún objeto de ninguna necesidad puede satisfacer a la pulsión). Aunque parezca increíble, le fue necesario afirmar en los mediados de la década del ‘60 que la pulsión no tiene nada que ver con el instinto; su concepto prohíbe el recurso a cualquier concepción instintivista en la concepción del sujeto del inconsciente.[8] No se trata, en la lógica de lo pulsional, del organismo en su conjunto, ni siquiera del conjunto de órganos de un sistema. Sus cuatro términos, tal como los propuso Freud, operan sólo como disjuntos, así ellos constituyen lo más antinatural que pueda concebirse, tal como un collage o un montaje surrealista. Yendo más lejos, afirma que en la pulsión no se trata de una función vital, ni de los ritmos de una función biológica cualquiera. Además, se distingue netamente del autoerotismo, por todas las propiedades de aquélla y dado que el mismo es practicable, sin lugar a dudas, por muchos animales; en el hombre también, pero no es a eso a lo que el psicoanálisis designa como pulsión. También sostiene que la libido no es el instinto sexual, ni que se pueda conceptualizar como energía cinética. Finalmente sostiene que la pulsión genital no existe.

Las propiedades positivas de la pulsión, según este segundo conjunto de textos elegidos, fundamentales para el desarrollo del tema, son:

  • Circuito circular. A partir de las tan precisas y sutiles indicaciones de S. Freud, respecto al funcionamiento de la pulsión, como: una boca que se besa a sí misma; Lacan elabora, contando con su teoría del significante y las dos operaciones de alienación y separación con base topológica, lo que podría ser considerado su aporte fundamental sobre la concepción de la pulsión en psicoanálisis: la estructura y funcionamiento del circuito o recorrido pulsional circular. Tal desarrollo no le fue posible a S. Freud dada su concepción arborificada del sistema de asociaciones de las representaciones psíquicas, que él mismo representó así:

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Además, la concepción freudiana respecto de la subjetividad como un “individuo” con una estructura homologable a la de un huevo, tal como se desarrolla en la segunda tópica; cuyo esquema (propuesto por Freud mismo) es:

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A partir de aquí, voy a presentar las elaboraciones de Lacan respecto al circuito pulsional, mediante una serie de pasos:dificulta o, más aun, impide el desarrollo de una lógica en la cual pueda inscribirse el objeto a como la parte perdida de sí mismo, que el sujeto, esencialmente agujereado, va a buscar en el campo del Otro.

  • Concepción del significante y del sujeto. Un significante sólo existe en la medida en que se articula con otro, y un sujeto es lo que un significante representa frente a otro. Como se observa con claridad, ambas definiciones se reclaman mutuamente.
  • Entre los dos elementos se establece un recorrido circular, constituido, para el par de significantes, por anticipación y retroacción; y para el sujeto, por alienación y separación. Tal recorrido circular crea un intervalo, que puede ser considerado como lo más específico, tanto de la articulación significante como del sujeto. Topológicamente hablando el recorrido circular posee la estructura de una línea cerrada de Jordan y el intervalo es la superficie circunscripta por ella.
  • Los agujeros reales ofertados por el cuerpo real se articulan con el intervalo creado por el circuito circular de los significantes y del sujeto. Por tal motivo son elevados a cumplir una función de la que carecen totalmente en el mundo animal. En la pulsión, el sujeto del inconsciente se localiza en tales agujeros corporales, los que se convierten, sólo por este motivo, en zonas erógenas, quedando el sujeto mismo equiparado a un aparejo agujereado. Así se establece una comunidad topológica entre los agujeros corporales y el sujeto del inconsciente, planteados por Lacan en el seno de la estructura fundamental de las relaciones de los campos del sujeto y del Otro.
  • El recorrido pulsional consiste en un trayecto circular. Tal trayecto es la forma en la que Lacan elabora las reversiones pulsionales propuestas por Freud. El vaivén pulsional circular se apoya en un agujero del cuerpo.[9] En tal recorrido cabe distinguir entre lo que Lacan designa aim, el trayecto, del goal, consistente en la vuelta sobre sí mismo o el cierre del circuito circular. Tal cierre entorna al objeto a, saliendo desde el campo del sujeto hacia el campo del Otro y retornando en forma invertida desde éste hacia al sujeto.

Se podría decir que el recorrido pulsional se apoya en su borde “externo” en la zona erógena y en el “interno” en el objeto. Tal como se intenta mostrar en el siguiente esquema:

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En el esquema no es necesario representar al recorrido pulsional saliendo hacia fuera, ya que si se piensa en el agujero corporal, es evidente que el “interior” del mismo es “exterior”. Si el cuerpo humano es concebido como un tubo por donde ello entra y por donde ello sale, el interior del tubo está en continuidad con el exterior, esto es, con el campo del Otro, ya que, aunque no lo parezca, coinciden.

Estos cuatro pasos están representados por las siguientes cuatro representaciones de Lacan y con el mismo orden:

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El esquema 4 (que presento en forma apaisada) no es más que el agregado del recorrido pulsional al esquema 3. Quizá convenga agregar un esquema más, para dar cuenta con mayor claridad que se trata de una línea cerrada de Jordan sobre otra línea cerrada de Jordan (una duplicación de una estructura cerrada). Tal esquema (que responde a lo que Lacan plantea, por ejemplo, en el Seminario 11, pág. 201) es el siguiente:

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  • Parcialidad. Todos los elementos en el campo de la pulsión se caracterizan por el corte, lo que indica con claridad que lo pulsional proviene de condiciones dadas por el significante y no por el cuerpo biológico. El sujeto, localizado en un agujero corporal, es el sujeto del intervalo significante, intervalo producido por una línea cerrada. El objeto, para operar en la lógica pulsional, debe proceder de un corte (pezón en lugar de mama, o mama en lugar del cuerpo de la madre, en todo caso pezón o mama y nunca leche; escíbalos y no materia fecal, etc.), condición necesaria para poder ser entornado por el circuito pulsional. La zona erógena consiste, no sólo en el necesario aprovechamiento de un corte ofrecido por lo real del cuerpo biológico, sino en el establecimiento de un corte que aprovecha un agujero real, pero que connota de artificial a la zona respecto de la necesidad. Así, nunca se trata del aparato digestivo, todo él posible de ser considerado un tubo, o sea, un cilindro, sino que debe agregarse, para que se trate de la pulsión, un corte en el tubo (labios, “cercado de los dientes», garganta, margen del ano, etc.). Finalmente, la pulsión es parcial respecto de la necesidad a la que se vincula, ya que no cumple con sus fines, ni el alimenticio, ni el sexual, ni ningún otro, y menos aún el de conservar la vida misma.
  • Subjetividad acéfala. Lacan establece que el estatuto de la subjetividad en la pulsión puede ser descripto metafóricamente como el de una subjetividad acéfala. Tal designación, si bien no es muy desarrollada ni explicada, puede ser comprendida de la siguiente forma: si se parte de la definición de pulsión de Subversión…, donde eso habla sin que el sujeto sepa qué dice ni siquiera que eso es un decir, siendo que es allí donde él debe advenir; la subjetividad acéfala indica que si el sujeto arranca como aparejo agujereado, entonces: Wo es war, sol Ich werden. En la ética del bien decir, la dirección de la cura lleva a que el sujeto advenga en eso donde no está aún, pero donde el psicoanálisis lo supone: la pulsión tal como opera en la experiencia analítica. La posición analítica, frente a lo que se manifiesta como una fijación pulsional, radica en suponer un sujeto allí, lo que no significa que se pueda aplicar por parte del analista “Ud. está fijado a eso”, “Lo que sucede es que a Ud. le gusta/satisface…”, etc.; sino que un sujeto puede y debe advenir allí, donde sólo es supuesto. Si lo hace, se trata de un sujeto nuevo.
  • Libido, objeto y laminilla. En el contexto de los años de referencia, Lacan desarrolla un mito: el de la laminilla. El mismo es un aporte notablemente creativo para dar cuenta de intrincadas articulaciones entre su teoría y las enseñanzas de S. Freud.

En el mito de la laminilla entra a jugar una dimensión de la especie: la reproducción sexuada, que tiene por consecuencia la muerte de cada uno de los miembros de la misma. Esta dimensión de la muerte real es mitificada de la siguiente forma: para que nazca un hombre (al igual que como dice para hacer una tortilla hace falta romper los huevos, lo que implica: “o huevos o tortilla”) debe perder la vida. Para vivir requiere perder la vida, la vida le impone pasar a ser mortal. Así la vida misma se pierde, tal como la placenta, órgano fundamental para la vida intrauterina que debe perderse para poder vivir y que deja como huella la cicatriz del ombligo. La vida como perdida a causa de la sexualidad, adquiere en el mundo del sujeto humano hablante, el estatuto de “el” objeto perdido y todas las modalidades del objeto a son sus representantes. La libido como órgano debe entenderse, no en el sentido anatómico, a pesar del último ejemplo; sino como aparato o instrumento, tal como es utilizado en El organon de Aristóteles, que es un tratado de lógica.[10] Así, el instinto de vida de S. Freud es lo que J. Lacan establece como objeto perdido. Pero ello sólo es así debido a que la sexualidad queda atrapada en las redes del significante que introduce la dimensión de pérdida, que le aportan a la condición de mortal la de la vida perdida. La libido es equiparada a una laminilla infinitamente plana, bidimensional, por lo tanto imposible de ser encontrada en la realidad, e inmortal, (ya que ¿cómo matarla?). Su borde se inserta en la zona erógena que funciona como hueco o vacío; tal es la dimensión del objeto a causa del deseo en la pulsión. A su vez, dado que la pulsión habita un agujero real del cuerpo, se establece la posibilidad de la puesta en funcionamiento de objetos tridimensionales (pezón, escíbalo, pene y sus posibles sustitutos), que aportan la otra cara del objeto en la pulsión. Por lo tanto, el objeto de la pulsión es, por un lado, un puro vacío o hueco que es entornado por el recorrido pulsional; pero por el otro, el objeto tridimensional, que como el huevo de madera para zurcir medias, da la extrema consistencia que caracteriza a la satisfacción pulsional. La adhesión libidinal, la fijación, se explica justamente por la posibilidad de la puesta en funcionamiento del objeto como perdido y como reencontrado en una misma vuelta apoyada en el cuerpo. En la dialéctica del deseo, no opera tal fijación, ya que el fantasma funcionando como soporte del deseo aporta una dimensión del objeto a, pero sólo dentro de una escena, cuya poca consistencia se debe a la mera materialidad de un libreto.[11]

La voz y la mirada, a diferencia de los objetos orales y anales, se articulan al deseo justamente por quedar entre una condición bidimensional y una tridimensional.

El ejercicio de la pulsión, entonces, radica en la búsqueda de la parte perdida de sí mismo en el Otro, tripa que en tanto la vida misma, articula una vertiente real, de la vida perdida por la reproducción sexuada, con la segunda muerte causada por el significante en la lógica de la alienación, que sólo existe en su relación con la separación: puesta en relación de la falta en ser del sujeto con la falta del Otro. Así, para Lacan, la pulsión se distingue netamente de la búsqueda del macho por la hembra, o viceversa.

  • Satisfacción y sublimación. El concepto de pulsión, según Lacan, tiene por función indicar cómo la satisfacción en el mundo humano es esencialmente paradójica. Con pulsión, no se trata de la indicación de una satisfacción a la cual el sujeto se encuentra fijado, ni en el caso en que “se satisface mucho con ello” (lo que se suele expresar mediante: “Es un goce”), sino todo lo contrario. Tampoco indica la causa de una satisfacción rara o excesiva. El concepto de pulsión en su relación con la satisfacción que el psicoanálisis propone, tiene la estructura de una banda de Moebius; esto significa que si se parte de una satisfacción y se sigue su camino, se encuentra insatisfacción y que si se parte de insatisfacción y se sigue por ella, se llega a la satisfacción, todo ello sin atravesar ningún límite. Lo más destacado por parte de Lacan sobre las consideraciones freudianas de la satisfacción pulsional, además de lo recién afirmado, radica en la satisfacción sublimatoria, considerada fundamental. Según Lacan, en última instancia, la pulsión no se identifica a la satisfacción misma, más bien, ella es la que organiza el menú y el ejemplo que brinda al respecto es, justamente, uno respiratorio: el del aroma.[12] El que en la fórmula de la pulsión Lacan inscriba la demanda, y recordando que toda demanda es demanda de amor, establece la relación entre los objetos de la pulsión y los objetos de amor, ambos participando del menú fundamental y, en muchos casos, íntimamente asociados, como en el del objeto de la pulsión que es parte del cuerpo de la persona amada. ¿El objeto de la pulsión es parte del cuerpo propio (perdida, pero del propio cuerpo) o del cuerpo del otro? A Freud no se le escapó que si el pecho es obviamente de la madre, para el niño es propio en la lógica del yo purificado de placer; ¿y las heces?; ¿y la voz y la mirada? El problema posee las siguientes soluciones: para Freud el sujeto humano posee un interior y está entornado por el exterior, pero el objeto (la parte del cuerpo del Otro, como el pecho) es propio y, además, estableció a este respecto el funcionamiento de la introyección y la proyección; con M. Klein se progresa, vía su noción de fantasía, en la interrelación entre interior y exterior, llegándose a un mundo de fantasía interno y externo prácticamente indistinguibles; el paso mayor, en este sentido, lo da Winnicott quien descubre que con dos categorías no alcanza, se trata para él de un interior, un exterior y una zona transicional, donde se localizan el objeto y los fenómenos transicionales, esta zona no es ni interna ni externa; Lacan, a partir de estas consideraciones de Winnicott y con el apoyo en la topología, eleva a fundamental tal zona transicional, concibiendo al sujeto y al Otro como dos toros interpenetrados de tal forma que el objeto a se localiza en la zona que, no siendo interna tampoco es externa, ella es una exterioridad íntima. A la Cosa que allí se localiza la denomina “extimidad”. Es en función de esta concepción del objeto a, como no perteneciente ni al sujeto ni al Otro; sino ubicándose en la relación entre ellos, que le corresponde una de las fórmulas de la división subjetiva del Seminario sobre la angustia:

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donde el objeto a es el resto de la operación de la puesta en relación del sujeto en función del Otro. A pesar de estos argumentos, se suele considerar que el objeto a es para Lacan, sólo la parte perdida de sí mismo. Finalmente, para él, es la sublimación la que establece con claridad la diferencia entre el mundo de la satisfacción pulsional (sujeto del inconsciente) y en el autoerotismo (del animal); se trata del advenimiento de un sujeto nuevo, ya que la sublimación es para Lacan, la entrada de la creación ex-nihilo. Para S. Freud la sublimación estaba atrapada en las redes del reconocimiento social y de las economías de satisfacciones compartidas y ahorradas; para Lacan, totalmente por fuera del reconocimiento, la sublimación emparienta a la pulsión con el sujeto del inconsciente mediante el Wo es war, soll Ich werden, el advenimiento de algo radicalmente nuevo a nivel del sujeto, propio del fin del análisis.

  • Pulsión, campo del Otro e inconsciente. La pulsión es la actividad implicada en la búsqueda de la parte perdida de cada uno, que consiste fundamentalmente en la pérdida de la vida misma. Búsqueda, que para completar su recorrido debe pasar por el campo del Otro (nuevo argumento para distinguir entre autoerotismo y pulsión). Como dije anteriormente, si el cuerpo es, desde la perspectiva del sujeto del inconsciente, un aparejo agujereado, y si desde tal concepción, es posible asociarlo a un tubo cilíndrico, entonces el recorrido pulsional, sin lugar a dudas, se hace en el campo del Otro. En los siguientes esquemas, se hace evidente que ambos recorridos son idénticos:

 

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Así, cuando el recorrido pulsional se cumple, entorna al objeto a y alcanza la dimensión del Otro. El sujeto es representado o, se podría decir, soportado por el objeto a en el lugar del Otro. De esta forma se explica que el funcionamiento de las pulsiones se organicen en torno a una dialéctica entre el hacer desde el sujeto y desde el Otro, como en los casos del hacerse ver y del hacerse oír, donde la actividad de la pulsión es desde el Otro y hacia el Otro. Lo mismo puede sostenerse respecto del chupar y del mirar. Consecuentemente, si la sexualidad ejerce su actividad propia por intermedio de las pulsiones (lo que desarrollaré en el próximo punto), la puesta en acto de la realidad del inconsciente en la experiencia psicoanalítica en tanto es sexualidad, debe serlo a través de la transferencia. De la misma forma, respecto del par pulsión-transferencia, es siempre primera la transferencia, lo que equivale a sostener que dada la transferencia se habilita la posibilidad de lo pulsional.

  • Genitalidad y complejo de Edipo. Según Lacan la pulsión genital no existe. Tal como sostuvo Freud, no hay nada en el inconsciente que nos haga machos o hembras; además, las pulsiones, en la medida en que son esencialmente parciales, no pueden sostener la reproducción en su totalidad. ¿Cómo se sostiene la actividad reproductiva de la especie? La respuesta es: la estructura del complejo de Edipo, que particulariza las estructuras elementales del parentesco en nuestra cultura, brinda el escenario mediante el cual se produce el engaño, en el que cae el sujeto, que cree que en el Otro como tesoro encontrará aquello que se encuentra perdido en cada uno. En los términos de cada cultura, “macho” y “hembra” serán figuras ofertadas dentro de un mito individual, para que en su asunción cada uno salga a la búsqueda de lo que le falta pasando por el cuerpo del otro, en la misma medida en que el escenario es del Otro.
  • Representación, sexualidad y muerte. Finalmente, en todos estos textos, Lacan sostiene que la pulsión representa a la sexualidad en el inconsciente. Cabe destacar que se trata de representación, o sea, de significantes (nada más humano que el menú), y la sexualidad sólo consiste en el engaño mediante el cual el objeto tridimensional que supuestamente satisface, tomado del cuerpo del otro, viene cada vez al lugar de la vida perdida a causa de la reproducción sexuada y con el valor que ello adquiere a consecuencia sólo de la alienación significante y del consecuente fading del sujeto. Si en Subversión… la pulsión indicaba la localización del sujeto del inconsciente en el inconsciente, ahora, dado que para Lacan es la relación sexual aquello que inscribe de forma más radical la falta en el mundo humano, la pulsión pasa a representar a la sexualidad en el inconsciente, teniendo en el horizonte el “no hay relación sexual”.

 

  1. c) Para concluir este recorrido, paso ahora a presentar lo que Lacan desarrolla sobre la pulsión en el Seminario 16, especialmente en el curso del 5 de marzo de 1969, que me parece de especial importancia para el tema y, por otra parte, permite articular las dos escansiones anteriores.
  • Dentro del esquema de relaciones entre saber y verdad, Lacan sostiene la posición que afirma que el psicoanálisis implica un saber, un descubrimiento, y tal descubrimiento son las pulsiones. Ellas son consideradas por él como el medio de producir satisfacción mediante montajes articulados y articulables. Justamente, las propiedades de tal satisfacción, son interrogadas mediante la noción de pulsión.
  • Denunciar el funcionamiento de una pulsión implica sostener que algo se satisface en eso; ese algo no puede designarse de otro modo que como sujeto upokeimenon,[13] o sea, como un sujeto supuesto. El término ypokeimenon, significa: yacer, estar debajo, servir de base, servir de cimientos; estar subordinado, sumiso, sujeto; estar de visita, estar presente; ser sugerido, etc. Para Lacan, el establecer una pulsión implica suponer que un sujeto se realiza en ella. La satisfacción pulsional sugiere al sujeto del inconsciente “por debajo”.[14] El suponerlo es la posición del psicoanalista, no del sujeto que está en análisis; pero si adviene su pregunta por el estatuto del sujeto del inconsciente en el inconsciente, entonces donde eso (ello) se satisfacía el sujeto debe advenir.
  • La pulsión es el lugarteniente de lo sexual en el inconsciente y las pulsiones, consecuentemente, se fijan debido al horizonte que impone lo sexual: no hay relación sexual. En lugar de la relación que no existe, el sujeto se fija a una práctica satisfactoria-insatisfactoria, mediante un objeto vinculado a un agujero de su cuerpo, que, en el mejor de los casos, se localiza en el cuerpo de otro.
  • Los órganos limítrofes del cuerpo operan en la medida en que funcionan como soporte instrumental. El órgano implica la lógica del significante. El hombre nace en un baño de significantes y las pulsiones sólo se justifican por el primitivismo de esos aparatos significantes, no tienen nada que ver con un naturalismo primero o con una lógica que postula como primero al cuerpo biológico. Lacan no acepta que, para la consideración del sujeto humano hablante, se parta del cuerpo biológico, ni para el caso de la sociedad, ni para cada caso particular. En el comienzo se postula la existencia del significante y de otros sujetos humanos hablantes, tal es el hábitat que funciona como condición necesaria primera del sujeto.
  • La sublimación es en tanto que tal, el modo de satisfacción de la pulsión y ella es en función de una estructura social que se organiza alrededor de la función sexual en el horizonte de lo que no cesa de no escribirse: no hay relación sexual.
  • En la actividad pulsional se puede ser allí sin saberlo. Las pulsiones comportan un saber y el psicoanálisis está hecho para que un sujeto pueda advenir en relación a ese saber.

Concluido este recorrido, contamos ya con los elementos necesarios, no para hacer una síntesis sobre lo afirmado por Lacan sobre la pulsión, imposible de realizar, sino para contar con una red de relaciones fundamentales que permitan elaborar y someter a un análisis racional la propuesta sobre una posible pulsión respiratoria.

 

  1. Freud y la respiración

Son muchísimos los lugares donde S. Freud se aboca al estudio de los problemas respiratorios, de los síntomas vinculados a la respiración y cuestiones afines. Pero en esta sección, sólo presentaré sus argumentos referidos a desarrollos muy puntuales sobre la respiración y poco tenidas en cuenta por quienes lo continuaron. Para que la presentación sea lo más acotada posible, la haré considerando su obra en conjunto (sin distinguir textos ni épocas) y limitada a cuatro rubros. Las cuestiones vinculadas a la respiración que destaco, son las siguientes:

  • Freud articuló las pulsiones a las grandes necesidades corporales, que originan estímulos endógenos prontos a la descarga. Pero cabe tener presente que para él las grandes necesidades son: hambre, respiración y sexualidad. Freud no cae en el olvido de la función de la respiración y la pone en el mismo nivel que el hambre y la sexualidad, lo que en términos generales, y salvo contadas excepciones, no hace casi ningún otro psicoanalista ni nadie en general en occidente, si no siente que le falta el oxígeno o teme que le suceda.
    • Freud destaca permanentemente la íntima relación entre la angustia y la respiración, en realidad también a la actividad cardiaca, especialmente en el momento del nacimiento, que es el evento que deja tras de sí esa huella, que él denomina “angustia tóxica”. Este vínculo es así fundamentalmente fisiológico.

En torno a esta relación entre angustia y trauma del nacimiento, considerado éste último como cambio en la modalidad de oxigenación de la sangre, existe una polémica, planteada por el mismo Freud. Además de la represión orgánica de lo olfativo, Freud acepta la íntima relación existente entre la angustia (tanto sensaciones como inervaciones) y el trauma del nacimiento, entendido este último como arquetipo; sin embargo, en oposición a Rank y su teoría sobre la relación entre el trauma del nacimiento y la neurosis, Freud establece las siguientes salvedades: a) no alcanza con el trauma del nacimiento para dar cuenta de la angustia; b) esa es una explicación exclusivamente biológica insuficiente para dar cuenta de lo psicológico y, finalmente, c) Freud pone en tela de juicio que el niño recién nacido recuerde como tal al trauma. Según Freud, no se puede explicar la angustia si no se aplica la noción de la pérdida de objeto. Él sostiene como fundamental la angustia de castración (que implica: la sexualidad, la etapa fálica, la amenaza de castración y el superyó, más la retroacción de este conjunto de elementos articulados sobre el trauma del nacimiento) y la pérdida del objeto amado. Como se ve, nuevamente se plantea la relación entre la pérdida del objeto propio (falo) y la pérdida del objeto como otro (la madre).

  • En torno al problema del malestar en la cultura, Freud desarrolla un concepto, que quedó bastante desconocido para la posteridad: la represión orgánica. Dado el alzamiento del ser humano del suelo, por el logro de la bipedestación, se produce por consecuencia una profunda subversión de valores. El ser humano se “distanció” de los estímulos olfatorios, sentido rector respecto de la alimentación y la sexualidad para los mamíferos en general. Tal proceso fue acompañado y consolidado por una represión (cultural) de la atracción ejercida por los olores, en especial, los olores de los excrementos de los otros, sentidos como profundamente desagradables. Así la represión contribuye con el proceso de evolución de la especie. El avance cultural que acompaña este proceso evolutivo, trajo como consecuencia una desvalorización del sentido del olfato en general y una imposición muy fuerte de sublimaciones (en el sentido que S. Freud le da a este término), conformando una estética propia a lo humano.[16] Entiendo que esta función de la “represión orgánica” es un intento indirecto de Freud de responder a la pregunta (arriba citada) por la causa del olvido de la función de la respiración. Además, Freud postula que los estímulos visuales reemplazan a los olfatorios y así en el estado de cultura, lo visual ganaría una máxima valencia a consecuencia de la represión de lo olfativo.
  • Otro lugar destacable del estudio freudiano de la respiración, es la íntima vinculación que él plantea entre las primeras emergencias de las excitaciones sexuales y el espiar con las orejas el coito de los padres. Sin lugar a dudas, lo que establece retroactivamente tal investigación es una íntima relación entre la sexualidad y la respiración, a través de lo que de ella es pasible de ser escuchado: el jadeo. Freud llega a darle el estatuto de fantasía primordial al deseo de espiar con las orejas la actividad sexual de progenitores; cabe reconocer que en muchos lugares de nuestra cultura, el jadeo efectivamente funciona como uno de los “símbolos” de la actividad y la satisfacción sexual.

 

  1. Angustia y respiración

Como recién planteé, Freud estableció desde el comienzo la íntima relación entre angustia y respiración. Le daré una vuelta más al tema, considerando lo que Lacan sostuvo al respecto, conjuntamente con otras articulaciones.

Para comenzar, se debe tener presente que ambos autores han desarrollado gran parte de lo que sostuvieron sobre la respiración en íntima relación con la angustia, en los textos o seminarios especialmente dedicados a ella.

Freud destacó el valor angustiante del ahogo producido en el nacimiento, aunque, como ya dije, no sólo por eso; Lacan considera a la asfixia del nacimiento como el único y verdadero trauma del nacimiento,[18] rechazando todos los desarrollos que postulan, por ejemplo, una función a la pérdida del medio acuoso intrauterino; pero en especial estableciendo que lo traumático no es la separación del cuerpo de la madre. En todo caso el niño se separa de la placenta, “su” órgano vital que se enraíza en la madre. A partir de esto último, concluye que si la angustia es una señal que no engaña, es, justamente, señal del trauma del nacimiento. Pueden ser considerados recordatorios de esto último: la palmada innecesaria que practicaba el obstetra frente a la espera angustiosa de la primer inspiración del neonato; la imagen consolidada del padre angustiado que fumando deambula por la sala de espera y el desahogo de todos frente al primer llanto. La dimensión más real de vivencia de la muerte se produce en el nacimiento, y su manifestación, asociada a la angustia, es el grito.

La angustia posee una propiedad que la diferencia de los otros afectos y aún de todos los penosos: su relación al cuerpo; la angustia se encarna y esto no es una metáfora. La angustia se localiza en el cuerpo, motivo que justifica la siguiente afirmación de Lacan: un sueño es de angustia cuando el cuerpo del soñante es tomado, tironeado en la escena del sueño. ¿Por qué la angustia se caracteriza por localizarse? La respuesta se obtiene si se plantea otra pregunta: ¿dónde se localiza la angustia? Ella se localiza, todos la localizamos -se podría decir también, la sentimos- en el “plexo solar”. Como se observa, a partir del trauma del nacimiento, previo a toda demanda, el sujeto humano localiza una primera angustia en la zona pectoral-ventral, asociado a lo pulmonar. Con la puesta en funcionamiento del significante, la angustia ya de castración, sigue localizándose en torno al diafragma, asociada a la respiración y al ahogo. La angustia es sentida así como una “opresión en el pecho”.

El término mismo de angustia inscribe lo esencial de estos argumentos. Basta recordar la etimología latina para arribar a las mismas cuestiones. “Angustia” proviene del latín «angustia», derivado a su vez de «angustus». “Angustus” significa: estrecho, apretado, oprimido, especialmente el cuello o la garganta. La relación entre la angustia y la respiración es muy “evidente” para el genio de la lengua.

Finalmente, y anticipándome a lo que será su lugar específico de análisis, conviene recordar la enorme cantidad y variedad de inhibiciones, miedos, fobias y angustias asociados íntimamente a problemas de respiración y/o de falta de aire; como a cuestiones de la índole del atravesamiento de canales estrechos, lugares pequeños o con poca posibilidad de movimientos libres. Tales fenómenos también se manifiestan “en el agua”, un contundente “mundo” tridimensional, opuesto a la atmósfera.

 

  1. Motivos de un olvido

Desde lo que acabo de sostener, sorprende aún más, el olvido al que está sometido lo respiratorio en el campo psicoanalítico y en occidente en general. ¿Cuáles serán sus motivos?

A partir de los desarrollos freudianos, contamos con su hipótesis sobre la represión orgánica de los estímulos olfatorios acompañada por la represión cultural del período evolutivo superado; si bien implica un uso muy laxo de la noción de represión, es innegable que la potencia de los estímulos olfatorios está muy sometida por las pautas culturales. Basta con disfrutar El perfume de Patrick Süskind,[19] para comprobar que con sólo leer un buen libro, nuestro mundo es capaz de llenarse sorpresivamente de todo tipo de olores y, consecuentemente, cambiarse todo el sistema de orientadores de la realidad y vínculos con los objetos más cotidianos.

Entre los principales motivos de la ausencia de estudio de lo respiratorio como pulsional, destaco los siguientes: en el seminario sobre el deseo y su interpretación, Lacan sostiene que no hay corte, salvo excepciones, en lo respiratorio (afirmación que al poco tiempo de producida él mismo corregirá). Efectivamente, no es fácil concebir una operatoria pulsional respiratoria, en la medida en que el aire se nos manifiesta como continuo en las tres direcciones espaciales, o sea, es muy difícil concebir al aire como objeto. El aire, en apariencia, no es buen tapón del agujero, ya que siendo un “fluido”, complica la concepción de su entornado por el circuito pulsional. Su condición de invisible, contribuye en la misma dirección. Tales propiedades lo asocian con la voz y la mirada.

Otra cuestión más debe ser considerada. Tal como afirma Lacan, existe una sinergia[20] entre la voz y la respiración. Así la voz tiende a cautivar más al sujeto como objeto y queda velada a la función de la respiración y la posible localización de cierta función del aire como objeto. Pero cualquiera que quiere cantar y haya dedicado a esa actividad cierta atención, o para aquellos muchos sujetos que padecen dificultades, dolores o síntomas en la emisión de voz, conoce la función fundamental de la respiración, oculta a primera vista por lo impactante de la sonoridad de la voz y el valor de la palabra.

En lo que respecta a los agujeros corporales sucede lo mismo. La nariz y la boca o, para ser más específico, las cavidades nasal y bucal, se encuentran en continuidad, lo que permite que algunas de sus funciones sean confundidas por el hombre común. Así, lo respiratorio queda olvidado, no sólo tras la voz, sino también, tras lo oral. Ni siquiera esto es todo. Lo respiratorio también queda oculto tras el sentido del olfato. Al convergir tantos elementos significativos en una misma zona del cuerpo y una misma actividad, depende mucho de la valorización social, y de cada uno dentro del consenso cultural.

Otro motivo del olvido y el retraso en la concepción de una posible pulsión respiratoria, consiste en que la cavidad nasal es un órgano totalmente inmóvil, lo que impide reconocer allí el hacer pulsional; aunque justamente a causa de ellos, está más ofertado para alojar al sujeto acéfalo.

Finalmente, el último motivo que señalo como explicativo del olvido de la trascendencia de lo respiratorio en el mundo pulsional humano, es que la respiración es una función involuntaria. En la medida en que respiramos, por ejemplo, mientras dormimos o en estado inconsciente, a diferencia de las funciones orgánicas sometidas al control, disciplina y educación, como lo oral o lo anal, y por lo tanto “voluntarias”, se produce una supuesta diferencia, según la cual las segundas pueden albergar con más facilidad al sujeto del inconsciente. Justamente sostengo todo lo contrario. Lo respiratorio es más apto para localizar al sujeto del inconsciente en el inconsciente, debido al sistema múltiple de ocultamiento que lo caracteriza. En la clínica con sujetos que padecen de síntomas respiratorios, síntomas en el uso psicoanalítico del término, es frecuente encontrar asociadas al padecer, las siguientes preguntas, sorprendentemente idénticas en muchos sujetos: ¿Por qué hay que respirar?[21] ¿Podría dejar de respirar? ¿Qué sucedería si dejo de respirar? En todos estas interrogantes se verifica la existencia, en torno a lo respiratorio, de una trama apta para presentar al sujeto en la misma medida en que se lo oculta.

 

  1. La pulsión respiratoria

Luego de esta larga preparación, llegó la hora de presentar el núcleo de la propuesta. Como ya dije, la misma partió, para mí, de las indicaciones de Lacan, aunque ya me había encontrado con el problema y no sólo como psicoanalista. A partir de ellas y en función de mi clínica y del estudio sistemático del problema, he concluido en la validez de la propuesta, su coherencia con los principales postulados del psicoanálisis y su potencia en la clínica.

Todo conduce a aceptar la posibilidad del funcionamiento pulsional en torno a la respiración. Partiendo de su alta significación como necesidad, que permite dar cuenta de su trascendencia para la subjetividad que es atraída por esta función vital, (el que se la olvide se articula perfectamente con su condición de inconsciente); que se caracteriza por una íntima relación con la muerte, siempre actualizada en lo respiratorio, y el trauma del nacimiento; la posibilidad de una precisa localización de un agujero corporal (en este caso dos: boca y nariz) que funciona como zona erógena, con la siguiente característica a destacar: uno de ellos, la nariz, al igual que el oído, no se cierra;[23] un hacer específico, el respirar, que permite articular con lo pulsional, donde el ida y vuelta pulsional están notablemente favorecidos por el hecho de la escansión entre inspiración y espiración. A nivel de la pulsión respiratoria, las inversiones están doblemente facilitadas, no sólo por lo recién dicho, sino además por el hecho de que lo normal es inspirar por la nariz y espirar por la boca, lo que puede invertirse. Piense el lector en sí mismo o consulte con sus allegados y se sorprenderá del número de sujetos que han invertido su respiración sin siquiera darse cuenta. Además de esto, la respiración habilita una gama notablemente extensa y extendida de fenómenos, que presentaré oportunamente. La lista de posibilidades de síntomas brindada por lo respiratorio, como se verá, es llamativamente amplia en comparación, por ejemplo con lo oral o anal; además de las manipulaciones que posibilita la nariz, como el tan frecuente “escarbarse la nariz”.

Existen también problemas para aceptar la propuesta de una pulsión respiratoria. ¿Cuál sería su objeto, si se reclama de él que implique un corte equivalente al que manifiestan el pezón o el escíbalo? ¿Dónde o en qué localizar la función del Otro, A, que destaqué como fundamental en la pulsión y requerido para diferenciarla de las meras prácticas autoeróticas? Más aún, como ya afirmé, el propio Lacan se opone indirectamente, en su Seminario 6, a la posibilidad de la existencia de una pulsión respiratoria.

Voy a tomar aquí sus salvedades para proseguir analizando mi propuesta. Para Lacan, en ese seminario, lo que caracteriza al objeto pregenital es que el sujeto se corta de él. El estadio sádico-oral indica que el sujeto “se muerde y corta una parte de él” El destete para Lacan, a diferencia de lo que se entendió y aceptó en el movimiento psicoanalítico, no consiste en que el niño sea destetado, sino en que el niño se desteta, lo que implica un deseo del destete que está en la base de la teoría de la anorexia mental de Lacan. Los objetos orales y anales manifiestan en su estructura la factibilidad de ser cortados, separados[24] del sujeto, en la lógica de lo cesible. Tal factibilidad del corte es lo que hace que estos objetos sean elegidos para inscribir el corte del propio sujeto y explica su alta significatividad en el mundo humano.

Aquí es donde aparece el problema. Llegado a este punto, en la clase del 20 de mayo de 1959, Lacan rechaza que en la elección del objeto se trate de una función vital; si así fuese, enseña que la primera a ser considerada debería ser la respiración. Pero Lacan rechaza la posibilidad que la respiración se convierta en algo pulsional y que, consecuentemente, aporte una modalidad del objeto a. Ello debido a que la respiración no conoce según sus elaboraciones de ese momento en ninguna parte, la posibilidad de introducir el elemento de corte. Salvo excepciones, para Lacan la respiración se caracteriza por el ritmo, la pulsación y la alternancia vital. Lo neumático no se escande y así no inscribe el intervalo, el corte, fundamento de lo pulsional.

Sin embargo, en poco tiempo, Lacan se rectifica en este punto. En septiembre de 1960, o sea, en sólo un poco más de un año, Lacan se corrige y, fundamentalmente, encuentra la solución a un problema mucho más basto. Sosteniéndose en que el rasgo del corte prevalece como propiedad del objeto, lo que lo convierte en parcial, en Subversión del sujeto…, construye una lista de objetos pulsionales, donde se evidencia que Lacan incorpora lo que en su apariencia es un flujo; tal lista es la siguiente: pezón, escíbalos, falo (como objeto imaginario), flujo urinario. La lista se completa con: fonema, mirada, voz y nada (le rien). Evidentemente, Lacan abandonó el requisito de la presencia de un surco en el propio objeto tridimensional. Pasa por la maniobra del sujeto supuesto la existencia del corte entendido como línea cerrada de Jordan. El flujo urinario, la voz y la mirada, para hacer de ellos un uno contorneable, requieren de un corte, pero éste es función del significante y no requiere de propiedades intrínsecas de aquellos como objetos reales. En ese escrito y en torno a este problema Lacan propone estudiar la erogeneidad respiratoria,[25] y la solución que él aporta a la aparente ausencia de corte provisto por lo respiratorio, consiste en la consideración del “espasmo”.

El espasmo, la contracción brusca, violenta e involuntaria de uno o varios músculos, se asocia, en especial, aunque no exclusivamente, a lo respiratorio.[26] El bostezo, el estornudo, la agitación, el sollozo, son los tipos más comunes de espasmos y participan de la clínica aquí considerada. El término “espasmo”, proviene del latín vulgar «pasmus», del clásico «spasmus», que a su vez es un derivado del griego «spasmós», que de «, significa: arrancar, tirar de; en su etimología, este término griego, valía también por “tejidos desgarrados”.[28] En medicina significaba: tirar de, sacar y sorprendentemente para el desconocimiento reinante sobre este tema: arrancarse algo propio. Esta acepción es notablemente próxima a lo que se pretende sostener con la noción de objeto pulsional como cortado del sujeto en su cuerpo.

La selección de los términos por parte de Lacan siempre sorprende por la profunda riqueza que su estudio depara. En este caso, hay aún más para aprovechar de espasmo, debido a que pertenece a la misma familia de palabras que “pasmado”, que se utiliza como: dejar, quedarse, estar atontado (por ejemplo: “Me dejó pasmado su atrevimiento”, “Estoy pasmado de ver tus progresos”, “No te quedes ahí pasmado y ayúdanos”); sin comprender o sin saber qué hacer; asombro; admiración o extrañeza tan grandes que dejan sin saber qué hacer o qué decir. En francés (spasme) es también utilizado como “desfallecer”. Así lo respiratorio, a través del espasmo que lleva al pasmado, provee una dimensión específica del fading, afánisis o desvanecimiento del sujeto, que es justamente la modalidad requerida para la “presencia” del sujeto en la pulsión.

No sólo el espasmo resuelve el problema de la falta de corte aparente a nivel de lo respiratorio, sino que además indica al sujeto del inconsciente en el inconsciente de una forma sumamente contundente, al dar cuenta del sujeto “en su inefable y estúpida existencia”. Estúpida existencia, que equivale al sujeto “béante”, que en castellano se expresa “boquiabierto”, el sujeto localizado en la hiancia; que aquí es expresado al nivel más íntimamente pulsional como pasmado.

Además, el objeto en la pulsión respiratoria quedaría también comprendido a través del espasmo como corte o “escansión” del cuerpo en relación al aire, lo que crea la “bocanada”.

Un capítulo completo que debe ser analizado en torno a la propuesta de una pulsión respiratoria y su relación con el objeto voz, consiste en una de las dimensiones esenciales de la estructura de las lenguas humanas. El habla en general se apoya necesariamente en lo respiratorio, ya que la emisión de la voz lleva por soporte la función respiratoria. Aquí se arriba a un tema que se supone radica en la oposición entre vocales y consonantes. Pero tal oposición pertenece al ámbito de la lengua escrita, es una oposición de letras. Su historia es específica, en ella se destacan tres períodos cronológicos fundamentales: 1) el principio sumerio de fonetización, 2) la escritura silábica semítica occidental y 3) el alfabeto griego, base de todos los actuales. La innovación aportada por este último, consistió en agregar signos para las vocales, convirtiéndose éstas en los últimos signos adquiridos por la escritura.[29] En la lengua hablada la oposición está dada por otros elementos llamados abiertos o cerrados u oclusivas. Las oclusivas son una propiedad universal de las lenguas humanas y representan el corte, dado que las abiertas no tienen propiamente límite alguno y es por esto que son las que se utiliza, por ejemplo, para las escalas continuas de vocalización musical. Así en el uso, acentuación y balance en la utilización o pronunciación de sonantes y consonantes que se basa en el cierre del canal bucal, se habilita un andarivel para una dimensión de la manifestación de lo pulsional respiratorio.

Si el espasmo propuesto por Lacan resultó tan pertinente para la consideración de lo respiratorio como pulsional, creo que conviene también considerar el significado y el sentido de los siguientes términos específicos del campo de lo respiratorio, que comentaré tan sólo desde la perspectiva de lo que pueden brindar de aire y luz al tema. No se trata de establecer nada de la índole de «fantasías especificas» para los órganos. El tesoro del lenguaje o el genio de la lengua inscriben de una forma notable cómo la función respiratoria es apta para establecer en ella un decir inconsciente. Los casos que encontré en mis lecturas de los últimos años, que siendo de la lengua no dejan de posibilitar los de la clínica que propongo estudiar, y en los cuales destaco las acepciones que no dejan de sorprender a quien se abre al tema son los siguientes:

Aliento:[30] significa respiración, pero también alentar a alguien, dar o infundir ánimo, capacidad para emprender un esfuerzo.

Anhelar: del latín «anhelare», respirar con dificultad; significa ansiar, desear mucho, particularmente un bien no material: “Anhela vivir independiente”. “Lo que más anhelo es la tranquilidad”.

Aspirar: en lenguaje corriente equivale a respirar, pero también significa: desear cierta situación o cierto bien y poner los medios para conseguirlos. Apuntar, echar el ojo, pensar en, picar alto, pretender, tender, trabajar por.

Aspiración: fin, fin último, finalidad, ideal, intención, objetivo, pretensión, proyecto, sueño dorado. Afán. Ambición. Anhelo. Ansia. Deseo. Empeño. Finalidad. Voluntad.

Aura: significa viento suave y apacible, hálito, aliento y soplo, y se utiliza también como la principal característica moral de una persona, o fama que le precede, en especial positivas.

Aventar: a partir del significado ‘echar al viento una cosa para que se la lleve o disperse’, vale por: “Resoplar por las narices” y de allí: Echar o ahuyentar a alguien de un sitio.

Bocanada: que mencioné más arriba como prototipo del objeto pulsional respiratorio, indica la porción de aire, la salida o entrada de aire por una abertura y significa, además: salir a negar con violencia y discontinuidad.

Boqueada: acción de abrir la boca repetidamente los agonizantes, estar muriéndose.

Bostezar: uno de los fenómenos más sorprendentes de la relación entre respiración, pulsión y deseo, cuya causa es por sueño o por aburrimiento. ¡No es increíble el hecho que se haga una profunda incorporación de aire cuando se está aburrido!

Bufar: resoplar, mostrar alguien enfado o indignación.

Expirar: del latín: «exspirare», de «spirare»; de donde proviene “espirar”que significa:

respirar. Con referencia al momento en que ocurre la muerte. Fallecer. Fenecer. Morir.

Fatiga: cansancio. Sensación que se experimenta después de un esfuerzo intenso o sostenido, físico, intelectual o moral, de falta de fuerzas para continuar con el esfuerzo o trabajo, a veces acompañada de malestar físico consistente, especialmente en dificultad para respirar. “Ha pasado muchas fatigas para criar a sus hijos”.

Hálito: aliento de una persona. “Un hálito de vida” “El hálito de inspiración”.

Inspirar: del latín «inspirare», derivado de «spirare», soplar; aspirar. Introducir aire en los pulmones, ensanchando la cavidad pulmonar. Hacer, con palabras o de otra manera, que alguien conciba cierta idea o cierto propósito: “Yo le inspiré la idea de venir a visitarte”. Hacer surgir en alguien ideas creadoras: “Dice que aquel ambiente le inspira”. Causar una persona en otra o en la gente en general cierto sentimiento hacia ella: “Esa familia inspira compasión”. Hacer concebir, despertar, dictar, espirar, imbuir, inculcar, infiltrar, infundir, instilar, llevar, mover, soplar la musa, soplar, sugerir, transmitir. Concitar, conquistar, cosechar, despertar, hacerse con, provocar, recoger, suscitar entusiasmo, instinto, inspiración.

Jadear: respirar trabajosamente, por cansancio, por calor, por dificultad o por otros motivos.

Resollar: respirar haciendo ruido, por ejemplo, de cansancio. Dar la noticias de sí o señales de existencia una persona de la que hacía tiempo que no se sabía nada.

Resoplar: respirar muy fuerte y haciendo ruido, para aliviar cansancio o para mostrar enfado.

Silbar: realizado al expulsar el aire a través de los labios colocados en cierta forma, a veces produciendo una melodía. Manifestar desagrado contra alguien o algo silbando. “Le silbaron en distintas partes del discurso”. “Han silbado la obra estrenada esta tarde”. Desaprobar, protestar.

Soplar: apuntar un texto, inspirar o sugerir. “Hoy no te sopla la musa”.

Suspirar: desear mucho algo, estar enamorado.

Susurrar: suspirar por padecimientos.

 

En este mismo sentido se debe considerar aquí al grito, que sin oclusivas, como vociferación o clamor, que se sostiene sobre el telón de fondo del silencio, sobre la base de una emisión del aire sin barrera, puede entrar en variadas configuraciones, tales como: dar, emitir, lanzar, proferir, prorrumpir, soltar y arrancar un grito; significando, a su vez: insultar, amenazar, quejarse, avisar, etc. Cualquiera que habla gritando, al gritar puede decir sin saberlo, que se queja, que está enfadado, indignado, herido, dolorido moralmente, o tan solo que él grita.

Existen muchos ejemplos más y tantos como ellos son los casos del decir pulsional respiratorio, pero que sólo son verificables en la práctica cotidiana del psicoanalista si el concepto se lo habilita en su quehacer y si la transferencia específicamente analítica ha operado.

En cuanto al ida y vuelta pulsional, que implica en su recorrido un pasaje hacia y desde el campo del Otro (el ya destacado “circuito pulsional”), cabe establecer un conjunto de distingos en la serie de las pulsiones establecidas por Lacan: oral, anal, escópica e invocante. Es necesario revisar con precisión en qué consiste en cada una de ellas el hacer y el hacerse, como el padecer pulsional, desde el sujeto y desde el Otro. La formulación más clara se produce, indudablemente, a nivel de la pulsión escópica: mirar, mirarse y ser mirado, estos son sus términos y sus acciones, desde el sujeto los dos primeros y desde el Otro el tercero. A nivel de la pulsión invocante ya se producen notables diferencias. “Hacerse oír” es una inversión, ya que va desde el sujeto hacia el Otro. En lo anal, si se descarta el “hacerse cagar” como metáfora, resta la dialéctica del dar y recibir el objeto-regalo-dinero, que manifiesta un desplazamiento del objeto anal que, por ejemplo, a nivel de la voz y la mirada, no se producen. Respecto de la pulsión oral, también existen importantes distinciones a considerar; imprescindibles en este estudio sobre la pulsión respiratoria. La mejor versión del hacer oral, creo que, la aporta J. Lacan mediante la figura del vampiro. El hacer pulsional oral, la succión vampírica es igual como ida y como vuelta pulsional: succionar – ser succionado; pero la succión oral, y esto no es metáfora, opera fundamentalmente a través de la aspiración. La lactancia implica la función de un vacío operante a través de la respiración,[32] de una verdadera bomba o, en términos respiratorios, una ventosa.[33] El hacer pulsional oral es indistinguible del hacer pulsional respiratorio. “Vampirizar”- “ser vampirizado” no es oral, es oral-respiratorio. Una inversión más es todavía autorizada por lo respiratorio, sobre la base del aspirar: ahogar, ahogarse, hacerse ahogar.

En resumidas cuentas: a) si toda pulsión es pulsión de muerte, lo respiratorio, en virtud del trauma de nacimiento y su asociación con la angustia, brinda como ningún otro elemento una posibilidad pulsional; b) lo respiratorio también se asocia íntimamente a la vida, no sólo por la perentoria necesidad, sino también por la presencia notable de la respiración en el acto sexual y en el acto de nacimiento, lo que lo vincula profundamente con la sexualidad, a la que representa parcialmente; c) lo real del cuerpo del ser humano hablante está provisto de un sistema de agujeros para recibir, expulsar o procesar el aire, que, junto con la voz y el olfato, favorecen su habitabilidad por el «eso» (Ello) del sujeto del inconsciente en el inconsciente y que, además, en su multiplicidad dan múltiples formas y relaciones del despliegue y la inversión de la actividad pulsional; d) a nivel del objeto, la laminilla de dos dimensiones es perfectamente concebible como «cosible» a los agujeros practicables en lo respiratorio y en toda su angustiante manifestación. El aire, por otra parte, posee la virtud de manifestarse muy confusamente para el imaginario colectivo. ¿Es un objeto tridimensional? ¿Algo que es invisible, puede ser considerado un objeto? Lo que es claramente manifestado como pregunta infantil ¿el aire pesa?; e) el espasmo como corte específico del sujeto inconsciente es indudable y, finalmente f) el vaivén pulsional está perfectamente dado por chupar – ser chupado. Todos estas cuestiones en su conjunto conducen a la aceptación de la pulsión respiratoria.

Lo último dicho articula al Otro con lo respiratorio, condición necesaria para poder aceptarlo en su condición pulsional. Pero la función del Otro en lo respiratorio requiere de mayor estudio, dado que implica dimensiones que no se manifiestan en otros registros pulsionales. Para hacerlo propongo analizar la fórmula de la pulsión propuesta por J. Lacan: (S à D).

 

  1. La fórmula de la pulsión y el Otro en la pulsión respiratoria.

Toda fórmula algebraica, a pesar de su exacta formalización, por su uso de letras, permite muchas lecturas. Al menos en el campo de la utilización de fórmulas en psicoanálisis, estas lecturas posibles deben: a) limitarse por la consideración del sistema de las articulaciones con las otras fórmulas del mismo rango, lo que tiende a evitar que se diga “cualquier cosa”; b) sostenerse en conceptos fundamentales del psicoanálisis y, c) deben autorizar su uso en la clínica del caso por caso, la clínica de lo particular. Entonces, la interpretación de una fórmula como la de la pulsión o del fantasma, sin convertirse en metalenguaje, debe conservar su relación con la estructura y lo particular, dentro del conjunto de elementos donde co-varía.

En la fórmula (S◊D), “S” representa al sujeto del inconsciente; “◊” llamado losange, se lee: “corte de”[34]; la “D” es incluida como término fundamental de la pulsión, en lugar (lo que sorprende a muchos) del objeto a, debido a: 1) la intención de producir una distinción absoluta y definitiva en la doctrina psicoanalítica (lo que no ha sido logrado) con la necesidad, o cualquier nombre que reciba la exigencia proveniente del cuerpo biológico; 2) para establecer la esencial relación entre el campo pulsional y el orden significante, lo que se vería empañado si Lacan hubiese escrito, como algunos pretenden, para la pulsión la fórmula del fantasma y, 3) la demanda (que puede ser muda o que especialmente lo es en la pulsión, lo que establece, conjuntamente con el silenciamiento del sujeto, el requerimiento del Wo es war …), cuando Lacan, luego de concluido el Seminario 11, posee una concepción acabada del corte como línea cerrada de Jordan[35], es propuesta poseyendo una estructura de círculo repetido, lo que puede ser representado de la siguiente forma:

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donde cada círculo está compuesto por las relaciones entre S1 y S2, y es aquello en lo cual el discurso se inscribe en el lugar del Otro, en la medida en que eso que se dice en el lugar del Otro es una demanda. Entonces, esta se define, a la altura, por ejemplo, del Seminario 12, como el discurso que viene a inscribirse en el lugar del Otro. Así, mediante la “D” de la fórmula de la pulsión, Lacan inscribe la relación al Otro en lo esencia de la pulsión, lo que es necesario debido a que el sujeto se identifica por la ausencia de identidad en el campo del Otro al resto como objeto causa.

En el análisis de lo respiratorio como pulsional resta por ser establecido esto mismo, o sea, la función del A, sin la cual lo pulsional como tal no existe. Voy a plantear un primer análisis de la cuestión aprovechando una pregunta que Lacan plantea y responde con el recurso de la topología. Ella es la siguiente: si Umwelt designa en filosofía y, a través de ella, para el imaginario de todos nosotros, al mundo circundante, e Innenwelt al mundo interno, entonces: ¿Qué hace el Welt (el mundo) allí adentro?[36]

Esta metáfora de la filosofía: ‘el mundo está dentro de cada uno’, se apoya en la concepción del sujeto como individuo indiviso entendido como una esfera.[37] Lacan propone como modelo alternativo una esfera agujereada con dos suturas, o sea, un toro:

 

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El Welt no está dentro de cada uno, sino que el sujeto humano hablante posee una relación con el Otro que puede entenderse como la relación de interpenetración entre dos toros, donde el objeto es evidentemente “transicional”.

 

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Esta concepción de la relación entre sujeto y Otro, lleva a Lacan a proponer, en lugar del ‘Um-welt’, el hombre-vuelta (homme-volte), dado que cada toro es concebido como constituido por un conjunto de demandas repetidas infinitamente próximas unas a la otras y que llega a su cierre.

La respiración debe ser considerada aquí. Lo que articula a la respiración con lo pulsional y el Otro, tal como acabo de articularlo siguiendo estos planteos de Lacan, es que el nacimiento con su ahogo inevitable y la angustia consecuente, hace que la respiración produzca la primera aspiración dentro de sí de un medio radicalmente extraño, o sea, absolutamente “Otro”, que si bien es anterior a toda demanda, la prefigura realmente.

Lacan caracteriza en el seminario dedicado al tema de la angustia, no sólo al aire como la primera incorporación de lo Otro, sino que llega a proponer lo siguiente: la aparición y el desarrollo del aparato respiratorio en la historia de la humanidad implica una verdadera intrusión en el cuerpo. El “cosmos”[38] como algo alrededor de sí, como medio, pasa, vía lo respiratorio, a insertarse dentro de sí, acompañado por tan extraño órgano al que el resto del cuerpo y, en especial, el sistema nervioso tardó en acomodarse.

Aún existe otra cuestión que debe ser articulada con estas últimas; también elaborada entre los Seminarios 9 a 12. Para Lacan, el sujeto, subject o sujet, el sujeto como asunto, trama o material discursivo es bidimensional. Él lo designa: “el sujeto infinitamente plano”. Pero al relacionarse íntimamente al cuerpo biológico, se precipita la pregunta: ¿dos dimensiones o tres? Esta ambivalencia, permite que el objeto a cabalgue entre una condición bidimensional (la laminilla) y una tridimensional (el tapón del agujero del cuerpo). La tercera dimensión, el volumen, el complemento del espacio, como lo llama Lacan, es presentificado de la forma más contundente, justamente, por la necesidad de respirar. La realidad imaginariamente se hace fuerte en la tercera dimensión, en la medida en que estamos envueltos, no por el mundo (el planeta), sino por el aire (la atmósfera), lo que lleva a Lacan a interesarse e investigar la figura del cosmonauta. Aquí extiendo la consideración, del lado del astronauta, hacia el satélite y del lado del buzo, al submarino, como modalidades de envolverse con el propio pulmón o con uno hecho con materiales artificiales, pero que está en continuidad con el órgano natural.

En su incesante investigación, Lacan arriba a este mismo problema con nuevas herramientas, ellas son: la aletósfera y el objeto a como acósmico. Su concepción del objeto a, tanto como causa del deseo y como objeto bidimensional de la pulsión, representa una función acósmica reductible a un punto “fuera de línea”.[39] El objeto a, como punto imposible en el cosmos como orden completo, implica que el mundo no puede poseer, para el sujeto hablante, la estructura de una esfera. El objeto parcial representa este punto imposible en la realidad humana, que por ello mismo, tiende a no querer ser visto en la medida de la angustia que representa y por ser profundamente anti-intuitivo. Propongo que la realización o representación más consistente del objeto a como acósmico está dada por la función respiratoria, por lo angustiante del primer vínculo del sujeto con tal función, por lo extraño absoluto que representa el aire, por el hecho de que el aire es incorporado como parte de la realidad no-yo dentro del cuerpo y, finalmente, debido a que el aire presenta a la realidad humana como tridimensional, velando su bidimensionalidad.

Para concluir, cabe destacar que para Lacan la atmósfera en la que el sujeto humano hablante habita no es, como la intuición lo indica, la masa de aire en la que parecemos estar sumergidos;[40] sino una que está constituida, y su ley fundamental está dada, por la estructura de ficción de la verdad, que propone él designar mediante el neologismo “aletósfera”. Incorporando la indicación a la aletheia -la verdad como “a ser develada”-, advierte sobre la estructura de la realidad y en qué consisten los “surcos del cielo”, pero no olvida, lo que intento destacar, lo crucial de lo atmosférico.

 

  1. Lo respiratorio en la clínica.

Este ítem, aunque ello resulte sorprendente, es el más complicado. ¿Por qué sorprendería que fuese el más complicado? Debido a que podría suponerse que una propuesta como ésta sobre la pulsión respiratoria, debería estar avalada por una extensa serie de casos que manifestaron tal pulsión, por una profusión de observaciones de fenómenos pulsionales respiratorios y que, a partir de ellos, se haría la propuesta. Sin embargo las cosas no son así.

Lo primero que cabe establecer es qué se entiende por clínica de la pulsión. Como ya dije, rechazo que tal clínica consista en los casos donde se manifiesta una excesiva manipulación de una zona corporal (el autoerotismo), o una exagerada manifestación de una necesidad corporal (como, por ejemplo, la alimenticia), o una sorprendente tendencia a centrar las escenas en torno a la mirada o la voz, o a realizar actos perniciosos para el sujeto u otros, como pulsión de muerte. La clínica de la pulsión no coincide con la clínica de las impulsiones. Existe una clínica de las impulsiones, pero en este trabajo sostengo a la noción de pulsión para los casos de neurosis de transferencia en el seno de tratamientos psicoanalíticos.

Tampoco se trata de síntomas (en el sentido psicoanalítico de síntoma) respiratorios. La existencia de síntomas respiratorios en casos tratados por analistas, no es la novedad que intento proponer; aunque es notable la poca atención dada por los analistas a la sorprendente cantidad de sujetos que presentan síntomas respiratorios, y hasta se podría decir que tal manifestación va en aumento.

Los síntomas respiratorios son de múltiple apariencia y de una gran presencia en la clínica cotidiana, aunque olvidados o no tomados en debida cuenta porque no participan de las grandes clasificaciones divulgadas. Se le presta una notable atención a todo aquello que se acompañe del término “mirada” o “voz”, ninguna a lo respiratorio. Sin embargo, y para comenzar: el tan famoso y moderno ataque de pánico se caracteriza por la presencia central de trastornos respiratorios, lo que no sorprende ya que siendo ataques de angustia, el nexo entre angustia y respiración no podía faltar. Sujetos que sufren de síntomas de ahogos, agitación, asma, fatiga, tos nerviosa, fobia al agua, fobia a lugares estrechos, o niños con espasmos de sollozos o espasmos respiratorios de diversa índole, son muchos. Las fijaciones sexuales caracterizadas por la práctica del ahogo propio o del partenaire en el acto sexual, que llega, en su extremo, a la muerte de algunos de ellos, también son frecuentes.[41] Muchos adictos también practican el ahogo, ya sea como acompañante de la ingesta de droga o como paliativo o sustituto en caso de abstinencia, “hay adictos al ahogo”.

Tampoco la clínica de la pulsión debe confundirse con la manifestación de una escena fantasmática, teñida de cuestiones respiratorias, aunque sean muy frecuentes. Si bien la pulsión no deja de estar articulada al marco y al libreto de la escena, tal como los establece el fantasma inconsciente, implica una diferencia que no debe perderse y que intenté establecer en las páginas anteriores.

El problema pasa por establecer qué se entiende por clínica de la pulsión. La misma implica el derrotero de un análisis y la dirección de la cura. Dada la entrada en análisis, que no coincide con la demanda de análisis hecha a un analista, sino con las rectificaciones de las relaciones del sujeto con lo real de su sufrimiento; no con la cura del síntoma, sino el necesario cambio en la política que el sujeto lleva para enfrentar lo que insiste de su padecimiento; el consecuente establecimiento de la transferencia analítica, que no coincide con el pasaje del analista de otro semejante (a) a Otro radical (A), que si bien es imprescindible, no da cuenta de transferencia en lo que tiene de específico en psicoanálisis, sino en que el analista pase de Otro radical (A) a la posición de objeto a causa del deseo; y lo que necesariamente es la otra cara de la misma moneda, el pasaje del sujeto de paciente a analizante, lo que implica el abandono de la queja y la toma de la posición del deseo de saber. Todos estos pasos en la dirección de la cura son necesarios para arribar a lo específicamente analítico en ella, que es aquello que no puede saltear el análisis de alguien que pretende sostener la posición de analista. No tenerlo presente y no conducir el análisis de forma tal que los tiempos del mismo sean posibles, es lo que hace que tantos análisis se prolonguen indefinidamente, sin arribar a su fin y que exista tan poca “clínica de la pulsión”.

Dadas estas consideraciones que permiten sostener la existencia de una clínica bajo transferencia, que implica todos los elementos recién listados, es que se puede plantear la pregunta por la localización del sujeto del inconsciente en el inconsciente, pregunta que da cuenta de la posición de analizante; y, a partir de allí, es que comienza en análisis la clínica de la pulsión. A partir de la pregunta y la transferencia, se puede establecer su localización en un agujero y un hacer del cuerpo, que si bien, dada su fenomenología, aparentaba ser mudo, a partir de la pregunta y la transferencia, puede suceder que: donde eso era, el sujeto pueda advenir. Por motivos estructurales ya planteados, la última localización del sujeto del inconsciente en el inconsciente es en un agujero real del cuerpo. Su advenimiento será correlativo al del objeto a en juego para tal sujeto.

Poca clínica existe en general como experiencia articulada de esto que acabo de afirmar. No son muchos los análisis en los que el sujeto desea llegar tan lejos, pocos son los analistas que dirigen la cura en general y menos los que, consecuentemente, la dirigen de esta forma. En su mayoría sostienen que el analista no debe dirigir la cura, lo que confunden con dirigir la vida, la conciencia o el alma, y dejan tal tarea a las asociaciones del sujeto, al inconsciente del mismo. Ellos practican la comunicación inconsciente – inconsciente. Yo, siguiendo en esto a Lacan, creo que en la experiencia psicoanalítica un solo inconsciente debe estar operando. Tal inconsciente se dirige al analista, no al inconsciente del Otro. Esto puede y debe sorprender al manifestarse, no sólo al sujeto de la experiencia, sino también al analista. Pero esta sorpresa no establece que se haya producido un corte a nivel de su posición inconsciente.

Con esto no afirmo que un analista prevenido no establezca, desde el comienzo de las entrevistas preliminares, un funcionamiento muy significativo de algo vinculado, por ejemplo, a una localización y una función pulsional; pero ella no entra en el trabajo del análisis, hasta que la transferencia sea establecida y la pregunta por el sujeto esté en acción.

De mi clínica, paso ahora a comunicar algunos casos en los que supongo que se trató de estas cuestiones. Son aquellos en los que “síntoma”, “fantasma”, “las cuatro pulsiones” o el mero “goce”, no bastaron para dar cuenta de algo más que operó en ellos y en las respectivas curas; creo valioso que eso en más sea tomado consideración, ya que su inclusión y análisis puede ser necesario en otros muchos casos. Sin embargo no propongo que sean casos de clínica de la pulsión, sino que en ellos lo respiratorio reclamó una consideración especial, a la que la pulsión respiratoria intentó ser una respuesta.

El primero se trata de un varón de mediana edad, con esposa e hijos, empleado. Padecía de una gran cantidad de malestares obsesivos, que habían tenido un desarrollo tan amplio que casi le impedían realizar cualquier tarea independientemente de rituales, mandamientos, compulsiones. Luego de varios años de análisis, apareció por primera vez la cuestión de una “H” que había desaparecido de su apellido. El sujeto pertenecía a la tercer generación nacida en el país y en los documentos de inmigración de la primera figuraba en el apellido una “H”, que en el de su padre y en el suyo había desaparecido. A partir de este hallazgo, cobró significación un hecho que había estado presente desde la primer entrevista, pero del cual no se había hablado hasta ese momento: cada vez que le abría la puerta el sujeto producía un fuerte sonido muy extraño, que al comienzo, dada la gran rivalidad y agresividad que planteaba en las relaciones interpersonales, parecía que “bufaba” en mi cara. Luego, y a partir de la investigación sobre la letra muda y perdida, se pudo establecer que se trataba de lo inverso, el resoplido venía en el lugar de una inspiración muda, relacionada a la letra hache. Tal falta en su apellido se enlazaba con su típico posicionamiento en las escenas de alto calibre subjetivo: su sensación de ser “trucho”, no tener títulos que lo habilitasen a participar en ellas. Su padre no había sido “nada importante” para su abuelo, y para él la letra ausente en su “nombre”, antes del análisis, tampoco lo era.

El segundo caso que voy a referir es el de una mujer joven. Ella no respiraba fluidamente y no sólo en las entrevistas. A su rostro tenso y enojado (que nunca miraba en el espejo) se acompañaba una respiración llamativamente entrecortada. Luego de cada sección de lo que decía (a veces frases, otras veces palabras), ella resoplaba, o, suspiraba. Muchas noches se despertaba con el “pecho cerrado” y una angustiante sensación de ahogo. Para ella misma estos fenómenos eran el cortejo de su estado de infelicidad, la que había comenzado a partir de un hecho desgraciado ocurrido aproximadamente en la mitad de lo que llevaba de vida: la muerte de uno de sus progenitores. Su existencia se dividía en dos: antes de la desgracia había sido feliz, luego de ella inmensamente infeliz. Cuando se estableció el distingo entre éxito socioeconómico de la pareja de sus padres y felicidad familiar, ella comenzó a llorar. El largo período de llanto en análisis y de gritos fuera de él, sustituyó a los suspiros. El fumar, que era su único placer, dejó de acaparar los tiempos libres de su existencia. Queda, a partir de allí, planteada la pregunta por la confusión entre éxito y felicidad y la sustitución de la rigidez de su rostro y el espasmo respiratorio por el llanto y la queja. Es claro que la teoría de la felicidad fue construida a su pesar y a su entero costo y que impedía lógicamente cualquier protesta. Luego de realizar una serie de actos muy demorados en su vida y hechos posibles por el trabajo de análisis, refiriéndose a su abandono del “vicio” de fumar, afirmó en sesión: “Estoy todo el día respirando y no puedo creer la felicidad de que no me duela el pecho.”. Esta mujer reconocía así –sin saberlo- que, hasta ese momento, sólo respiraba “a veces”.

El tercer caso es el de una mujer joven a la que siempre le llamó la atención por ilógico su temor a dejar de respirar o, como solía presentársele el asunto, “a que se le cierre la garganta”, lo que narró al pasar en el transcurso de las primeras entrevistas. Este tratamiento estuvo frenado mucho tiempo. El trabajo analítico no aportaba cambios que incidiesen sobre el sufrimiento de la sujeto. Todo se modificó cuando se estableció que su padre era la única persona confiable para ella, lo que impedía toda relación de pareja y su vínculo con el analista. La contracara de este notable apego a la persona del padre, era el profundo desinterés del mismo por toda su familia, en especial por la sujeto y su madre. La angustia por el cierre de la garganta se convirtió primero en el mandamiento “no abrirás la boca a cualquiera”, luego como modalidad de inscribir su falta total de relaciones sexuales, que implicaban su rechazo al hombre, para que no le sucediese lo mismo que a su madre. Se encontraba “cerrada” por sostener el rechazo que había padecido el representante amado del A.

El siguiente caso es el de una mujer, profundamente hipocondríaca “desde siempre”, que se interesaba únicamente por lo anómalo del funcionamiento de su cuerpo, interés expresado en términos médicos que implicaban un profundo conocimiento de la medicina que ella no había estudiado. Padecía permanentemente de “ataques al corazón” acompañados siempre por notables alteraciones de la respiración. Éstas eran expresadas por la sujeto mediante un gesto realizado con su mano que recorría la parte delantera de su garganta como si fuese un tubo entornable, afirmando que algo se cerraba en esa zona de su cuerpo. Enfrentada al tema de una de las más tristes coordenadas de su vida (la estructura de su pareja, sostenida durante muchos años) planteó sin vacilar: “No quiero salir del ahogo”, frase dicha cuando asoció su tristeza al hecho de encerrarse sola en el baño por largas horas y el no salir casi nunca de su casa. Ella estaba doblemente encerrada y cerrada, por fuera y por dentro.

El último caso de esta serie es el de un hombre mayor, que fumaba incesantemente, lo que había producido un deterioro importante en su salud. Nunca había podido dejar de fumar, aunque se lo había propuesto numerosas veces, aún en anteriores curas analíticas. Había realizado muchos tratamientos para dejar de fumar, de la más diversa índole, ninguno le había resultado. Se le propuso un trabajo analítico que no tuviese por meta que él dejase de fumar, sino el tratar de establecer la causa por la cual no podía dejar de hacerlo. Luego de haber establecido una larga serie de identificaciones con fumadores de su familia, lo que no le aportó novedad alguna, se estableció que en su infancia había sufrido de trastornos respiratorios de los que no se pudo establecer ninguna característica precisa, por falta de recuerdos, pero sí su íntima relación con estados de profunda angustia vinculados a la relación de contacto corporal con su madre o en su defecto con la hermana mayor. A partir de pesquisar la angustia actual, se pudo establecer que lo que él buscaba en el fumar, entre otros motivos, era aspirar bocanadas de aire, pero más consistentes por el sabor de la nicotina y el alquitrán y el humo del cigarrillo. Para él la inspiración nasal proveía una cantidad insuficiente de aire, por lo cual respiraba en forma invertida: inspiraba por la boca y expiraba por la nariz, sin que nunca se halla dado cuenta de ello.

 

Para concluir, considero oportuno considerar una única cita. Ella es del Seminario 23 de Lacan, Le sinthome, clase del 18/11/75, dice así: “Es preciso que haya algo en el significante que resuene. Uno se sorprende de que eso no se les haya aparecido para nada a los filósofos ingleses. Yo los llamo filósofos porque no son psicoanalistas -ellos creen férreamente que la palabra no tiene efecto. Ellos se imaginan que hay pulsiones, […], pues no saben que las pulsiones son el eco en el cuerpo del hecho que hay un decir, pero que este decir, para que resuene, para que consuene, […], es preciso que el cuerpo sea allí sensible. Que lo es, es un hecho.” Propongo concluir la propuesta con este texto de Lacan debido a que es una precisa y bella formulación de la pulsión: el eco en el cuerpo del hecho del decir; eco que se propaga, agrego, en la aletósfera.

Las líneas de investigación están planteada, la cuestión es si de eso-ello hemos sido capaces de hacer advenir un sujeto.

Alfredo Eidelsztein

 

[1] Steiner, George, Antígonas. La travesía de un mito universal por la historia de Occidente, Gedisa, pág. 243, Barcelona, 2000.

[2] Seminario 10, La angustia, inédito, clase n° 23 del 19 de junio de 1963.

[3] La subversión del sujeto…, Escritos 2, Pág. 797, Bs. As., 1992.

[4] Los mismos ya han sido presentados y discutidos previamente en varios ámbitos distintos: en un curso de posgrado anual en la Facultad de Psicología de la U.B.A. durante el año 1999; en el curso por Internet en el sitio Psiconet durante el 2000; en un Coloquio Abierto de Apertura, Sociedad Psicoanalítica de La Plata en el 2001  y en el trabajo de investigación con un grupo de psicoanalistas que trabajó durante dos años el tema de la pulsión respiratoria.

[5] Dejo para la sección donde propongo la pulsión respiratoria el análisis de lo sostenido por Lacan sobre la pulsión en los Seminarios 9 y 10.

[6] Como lo propone David Maldavsky en Pesadillas en vigilia, (quien entre otros, ha explorado el tema motivo de esta comunicación, pero que designa como “investidura respiratoria”).

[7] Cuando la localización y el aislamiento introducido no respeta la oferta de los agujeros reales del cuerpo, se trata de una respuesta psicosomática.

[8] A pesar de lo cual, mediante el recurso actual a las necesidades corporales, al trabajo exigido por el cuerpo, a la energía psíquica, etc., una gran cantidad de psicoanalistas retornan a una concepción instintivista, muchos de ellos sin saberlo.

[9] Lacan propone concebir esta función de apoyo mediante el Teorema de Stokes.

[10] La articulación de la libido como la laminilla y el objeto a lleva a Lacan a proponer como paradigma de este último al ludion, en este caso, ludion lógico.

[11] Justamente la diferenciación entre perversión y neurosis, radica en la consistencia del objeto en la escena. El perverso hace del significante del libreto un objeto tridimensional bien al alcance de la mano, mientras que el neurótico, especialmente el fóbico, hace del objeto un significante.

[12] Lo que obliga a plantear la diferencia con el fantasma. Éste último tiene por función, en la concepción de Lacan, organizar la escena (casi dicho como en el mundo del teatro: tramoya, decorado, practicables, etc.) en la realidad en la cual está indicado el objeto “del deseo”; como tal es que funciona como soporte del deseo y opera como velo, que sirve como superficie de proyección y como velo de ocultamiento, del objeto a causa del deseo.

[13] M. Heidegger sostiene, a este respecto, que el sujeto, en tanto que sub-iectum, es la traducción e interpretación latina del upokeimenon griego (Cf. Por ejemplo, El nihilismo europeo, Cap. 15, Ed. Destino, Barcelona, 2000.)

[14] Zugrunde gehen o untergang.

[15] Dejo de lado la sorprendente historia de su relación con Fliess y el tratamiento y concepción que este último dio a la nariz, el moco y cuestiones afines con la sexualidad humana, su ritmo de 28 días y su relación con la neurosis.

[16] Freud nunca cedió la prioridad de esta conjetura, de lo que estaba muy orgulloso.

[17] En el comienzo mismo de la primera clase del seminario sobre la angustia Lacan plantea su sorpresa en relación a que ninguno de sus alumnos haya articulado la forma del grafo del deseo con “la pera de la angustia” y “el plexo solar”. Como dice Miguel Cané en Juvenilia, en relación a la “pera de la angustia”: “… rojiza la faz, a causa de la dificultad para respirar a través de un aparato, rigurosamente aplicado sobre la boca, y cuya construcción, bajo el nombre de Pera de angustia, nos había enseñado Alejandro Dumas en sus Veinte años después, al narrar la evasión del duque de Beaufort del castillo de Vincennes.” Tal aparato, muy utilizado en el medioevo, consistía en una pera de hierro que se introducía en la boca del prisionero para impedirle hablar y gritar y que pasó a ser un elemento de tortura; Dumas habla de él en los capítulos XXI y XXV. “Plexo solar” es la red nerviosa que rodea a la arteria aorta ventral, que procede especialmente del gran simpático y del nervio vago. Los elementos así relacionados son: angustia, cuerpo (pecho-estómago), y respiración.

[18] Lo que se asocia al hecho de que la muerte se designe: “expiración”, que proviene de respirar, inspirar y espirar.

[19] No es casual que este autor alemán, ambiente en Francia de S. XVIII su novela, cuyos habitantes tienen ganada una fama en torno a los olores y los perfumes.

[20] Sinergia significa: la acción de dos o más causas cuyo efecto es superior a la suma de los efectos individuales y, en fisiología, el concurso activo y concentrado de varios órganos para realizar una función.

[21] S. Freud también conoció un caso, al menos, en el que se manifestó esta pregunta. Lo publicó como observación 7 en Obsesiones y fobias.

[22] Luis Delgado y Graciela García hicieron en 1992 una propuesta en apariencia muy similar a la que hago mediante la expresión “pulsión respiratoria”, pero las diferencias son sustanciales. Ellos, en su libro La etapa nasal,  proponen la existencia de una fase o etapa nasal preoral. Su planteo de corte psicoanalítico gira, a pesar de ello, en torno a la idea de instinto. La respiración sólo vale en su planteo como base de la sobrevida y la etapa o fase nasal que ellos proponen, opera sobre la base del objeto “olor” que sería la primer fuente de goce y placer.

[23] Esto lo sostengo a pesar de que Lacan afirme en el Seminario n° 11 que el único agujero que no se cierra a nivel del inconsciente es el oído.

[24] Para Lacan la separación, en la dialéctica de la alienación y la separación, no significa, como todo el mundo cree, la separación del Otro, sino la separación del objeto; tal como lo propuso Freud en La escisión del yo…

[25] Debo reconocer que en la lista de zonas erógenas, Lacan no incluye el agujero de la nariz o cualquier otro que se pueda establecer en la “bomba respiratoria”.

[26] En el Diccionario de Autoridades figuran dos acepciones de espasmo, una de ellas es: “Sirve al dolor de costado, de pecho.”

[27] La raíz latina “spiro” (tan similar al término griego), presente en los términos que significan: soplar, insuflar, respirar, exhalar un olor, es independiente, según los diccionarios consultados, de este término griego, y muestra relación con las onomatopeyas de las acciones referidas.

[28] Término que comprende casi el mismo campo semántico que “elkw”, que conviene que sea considerado ya que aporta los siguientes sentidos: arrastrar, sacar, alzar, arrastrar con violencia, maltratar y, el que especialmente interesa, lacerar. (Comentario: ¿por qué interesa especialmente?)

[29] Cf. Historia de la escritura, Ignace J. Gelb, Alianza Universidad, 1993.

[30] Cotardo Calligaris propone darle al aliento el estatuto de objeto de la pulsión, en el mismo sentido de la propuesta pulsión respiratoria, pero sin concretarlo. Cf.  Hipótesis sobre el fantasma en la cura psicoanalítica, pág. 33, Nueva Visión, Bs. As., 1987.

[31] En la más antigua tradición cultural occidental, la respiración ocupa un lugar de importancia sin par en la medida en que la vida es incorporada vía la insuflación, de donde la inspiración cobra un valor fundamental en nuestro contexto cultural, asociando esencialmente la creación ex nihilo y la respiración. El espíritu en occidente es el ruah hebreo, pneuma de los textos griegos y el espíritu de los latinos; todos ellos significan: soplo.

[32] La asociación entre lactancia y respiración posee otro componente: el olor. Es muy evidente a la observación y se encuentra muy estudiado por la medicina el gran valor que posee el estímulo olfativo (el olor de la madre) en el amamantamiento del lactante.

[33] Además de una función secundaria de la lengua que opera presionando sobre el pezón.

[34] Corte que establece entre el S y el objeto de la pulsión relaciones de envolvimiento, desenvolvimiento, conjunción y disyunción recíprocas.

[35] Es la forma más conveniente de entender la apertura y cierre del inconsciente, en lugar de la versión que propone un primer tiempo de apertura y luego uno segundo de cierre, ya que el tiempo en psicoanálisis debe articular la anticipación y la retroacción en lugar de sostenerse en la flecha del tiempo.

[36] Lo que también puede ser designado de la siguiente forma: el Umwelt como realidad y el Innenwelt como alma.

[37] Todo el seminario sobre la identificación, el número 9, tiene por leit-motiv la crítica de esta concepción, tan generalizada en occidente y entre los psicoanalistas.

[38] Cf. El Seminario, Libro 12, Problemas cruciales para el psicoanálisis, inédito, clase del  16/12/64.

[39] En topología, este punto es considerado doble en la estructura del cross-cap.

[40] La etimología de atmósfera es: el vapor (athoz) que rodea a la esfera (sjairaz). ¡Siempre la esfera!

[41] Como en el film La clase gobernante.